viernes, diciembre 2, 2022
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Golpes de estado “democráticos” y “bonitos”, y un cuento de regalo

Se trata de dar golpes de estado llamándolos primaveras, dignidad, revolución democrática o poniéndoles colores.

Cambiar regímenes es un deporte centenario, hoy se llama “exportar la democracia”, practicado por la élites desde hace siglos. Antes era todo mucho más sencillo; se untaba a un canciller, se apoyaba la causa de un pretendiente al trono despechado o se tejían alianzas dinásticas casando niños principescos.

Aunque en la actualidad se han mejorado y sofisticado las herramientas (operaciones “psy-op”, granjas de bots, redes sociales…) las técnicas y la reglas de este deporte no han evolucionado mucho. Es como cualquier otro deporte; el balón, el calzado o la raqueta mejoran pero se trata de poner la bolita en un lugar concreto, ya sea chutando, de revés o de cabeza. Un equipo tiene por objetivo quedarse con algo que tiene el otro equipo (sin tener que ir blandiendo la porra para reventar cabezas porque eso es penalty o se llama guerra, y es otro juego) y debe lograr que los del otro equipo les den eso que quieren haciendo que se peleen entre ellos y logrando que el público asistente crea que el equipo atacante en realidad no solo no ataca sino que ayuda. Hoy en día los verdaderos maestros, artistas más bien, de este deporte, habitan en los despachos del Departamento de Estado de EE.UU. y en la oficinas de sus agencias de inteligencia.

En este deporte suele haber muertes y el país beneficiado termina peor que antes del partido (golpe). Abandono ya los símiles deportivos. Cuando se lleva a cabo un cambio de régimen diseñado siempre nos cuentan que es el pueblo soberano que espontáneamente sale a las calles. Es fácil ver que el pueblo ni es soberano ni actúa espontáneamente, pero como eso es lo que dicen en la tele… hay que creérselo para que no te llamen cosas feas. En estos golpes de colorines habitualmente se sustituye a un dictador cabrón por otro más cabrón pero mejor cliente; eso si hay suerte. A veces se cambia a un dictador por una colección de mini-dictadores regionales, religiosos o étnicos luchando en una guerra civil. En este último caso siempre habrá un bando calificado de “moderado”, te lo dirán en la tele, al que no habrá más remedio que venderle armas para que gane en 1, 5 o 6 años.

Voy a narrar una serie de acontecimientos ficticios para que tú que lees esto trates de imaginártelo; luego entenderás el por qué de este cuento.

Estamos en EE.UU., es marzo de 2025 y el recién elegido nuevo presidente ha decidido acabar con la Sección 230 dentro del marco legislativo de la Telecommunications Act. Si el presidente tiene éxito las grandes empresas de internet tendrían que optar entre ser editoras (si quieren seguir censurando/moderando el contenido, incluso el legal, según sus criterios y no los de la leyes del país) o convertirse en verdaderas plazas públicas donde el debate de ideas es abierto y solo aquello que es ilegal según las leyes es perseguible por la justicia.

Si optan por ser editoras se convierten en un Washington Post o en una CNN más, donde existe una línea editorial que debe seguirse y cualquier cosa publicada en sus dominios pasa a ser algo por lo que la empresa –además del que redacta el contenido– también responde. Decantarse por esta opción sería la muerte de gigantes como Meta.

Si optan por convertirse en foros abiertos no podrán moderar el contenido según sus criterios y serán los usuarios quienes respondan por lo que publiquen cuando esto sea ilegal. Es decir que quien venda heroína o amenace de muerte a alguien en Facebook, deberá responder ante la justicia, mientras que quien diga que la Tierra es plana deberá aceptar deportivamente que se pitorreen de él o quien diga que las elecciones de 2020 en EE.UU. fueron una farsa y un robo podrá dar sus argumentos a quien quiera oírlos sin que un petardo de Silicon Valley le saque tarjeta roja o le castigue al rincón de pensar.

La decisión del nuevo inquilino de la Casa Blanca y una inesperada mayoría, de corte libertario, en ambas Cámaras va a hacer posible echar por tierra toda esta legislación liberticida. Para los amantes de las libertades el nuevo presidente hace lo que debe, defendiendo uno de lo principios sobre los que se fundaron los EE.UU.: la libertad de expresión. Por el contrario para los mal llamados liberales, para los progremonguers y sobre todo para los amantes de controlar al personal imponiendo el relato que toca en cada momento, lo que el nuevo presidente va a hacer es un casus belli en toda regla.

Para conjurar este peligro, se ponen en pie de guerra todas las fuerzas vivas del “régimen”. El entramado de medios de comunicación tradicionales, la inmensa mayoría de los gigantes de internet, las ONGs mamporreras –casi todas–, los llamados “watch dogs” (por ejemplo el Southern Poverty Law Center), las rameras de los amos del ciberespacio –gustan llamarse empresas verificadoras– y los “filántropos” que lubrican con dinero toda esta fiesta orwelliana. Todos ellos, y ninguno elegido democraticamente, demonizan al nuevo presidente a coro. Todos acusan al nuevo jefe de Estado de estar a favor del discurso del odio y de apoyar las teorías de la conspiración por empecinarse en defender el derecho de los ciudadanos a opinar libremente.

El nuevo capo de la Casa Blanca cree firmemente que cualquier ciudadano es libre de exponer sus ideas sin que un potencial ataque de ofendiditis de terceros habilite a nadie para silenciarle y también cree que está demostrado que muchas de las llamadas teorías de la conspiración no son otra cosa que spoilers que dan cuenta de la realidad que acaba saliendo a la luz pasados unos meses. Este enfoque suyo le supone que le califiquen con todos los adjetivos terminados en “fobo” y que le acusen de desproteger a los grupos que necesitan, según algunos, de una especial protección.

Las antes mentadas fuerzas vivas del régimen se ocupan con total dedicación a soliviantar a sus minions haciendo que salgan a las calles las jaurías de Black Lives Matter, Antifa, y un montón de seres gritones con el pelo azul. Por más que estas masas, que toman las calles de forma “espontánea”, saqueen, incendien o golpeen a los policías, los medios cuentan que se trata de protestas “mayoritariamente pacíficas” y que están justificadas por el poco disimulado fascismo del nuevo presidente. Por supuesto salen a la luz incidentes de la vida del presidente como cuando le toco una teta a una chica en la universidad o cuando dijo que alguien era un maricón, cosas verdaderamente imperdonables, no insignificancias como cuando otros presidentes tenían hijos lucrándose en Ucrania y China en el nombre del padre mientras pesaban crack con el rabo al aire, justo antes de pagar 10 mil dólares a la prostituta que esperaba sentada en el sofá.

La situación se desborda, se exige en las calles la dimisión del nuevo Hitler y además esa cosa evanescente que llaman la comunidad internacional también se suma a la condena del susodicho. Corren rumores de que los chinos, los rusos y también los alemanes están financiando estas revueltas. Sale a la luz pública una conversación telefónica interceptada entre una alto cargo del Ministerio de Asuntos Exteriores de Rusia —Maria Zakharova — y el embajador ruso en Washington —Anatoly Antonov–; en dicha conversación ambos barajan nombres de políticos estadounidenses que podrían suceder al actual presidente cuando la revolución triunfe.

Digo revolución porque todos estos levantamientos ya han sido bautizados como la Revolución de la Decencia. El mundo entero se solidariza con la nueva causa con la que toca solidarizarse, porque quien no lo haga solo puede esperar ser considerado un troll, un fascista y cosas muy malas.

Maria Zakharova y Anatoly Antonov se pasean entre los manifestantes por las calles de Washington repartiendo mendrugos de pan y golosinas entre el público, y a los propios policías, diciéndoles cuánto les apoyan y contándoles que Rusia está con ellos.

Senadores rusos, parlamentarios franceses y hasta el primer ministro de Canadá dan discursos en las calles de la principales ciudades de EE.UU. pidiendo que se llegue a un acuerdo a la vez que alentando a la insurrección.

La cosa va subiendo en intensidad y un goteo de asesinatos tanto de manifestantes como de policías llena la portadas de unos medios que ya empiezan a pedir que el presidente sea detenido si no dimite. Una facción de la CIA intercepta una conversación telefónica entre Josep Borrell (aún capo de la cosa de exteriores de la UE) y el ministro de Asuntos Exteriores de España en la que este último le dice que estuvo en Washington hablando con personas bien informadas y que está convencido de que los más de 100 muertos habidos hasta el momento fueron asesinados por los propios promotores de las revueltas.

Estando de viaje oficial en Tucson, Arizona, al nuevo presidente le llegan noticias de que tiene prácticamente garantizada su ejecución si regresa por Washington, por lo que con el visto bueno del presidente de México huye a este país.

En Washington se reúnen ambas cámaras de urgencia para votar la destitución del presidente. El Capitolio está rodeado. No hay tiempo, dicen, para llevar a cabo todos los pasos que un proceso de impeachment conlleva (investigación, aprobación por el congreso, juicio ante el senado) por lo que en ausencia del presidente acuerdan una votación de ambas cámaras y que baste una mayoría simple. Los miembros del Partido Republicano chocolatean sus braguitas y calzoncillos. Desaparecen de la escena o votan a favor de la destitución rodeados por la muchedumbre que les insulta y amenaza.

Se pone como presidente interino al líder del Congreso, se aprueban leyes destinadas a perseguir a todos aquellos que colaboraron con el depuesto presidente y se para en seco el proceso legislativo que estaba en marcha para despojar al régimen de sus capacidades censoras. Las ONG, las grandes empresas de internet, los desinteresados “filántropos”, y en general todos los lobbies censores del régimen respiran aliviados y proclaman que han salvado la democracia. Todo en orden de nuevo.

En algunos estados de la Unión (Texas, Florida, Luisiana, Arizona, …) tanto sus gobernadores y legisladores como una mayoría de sus ciudadanos proclaman que no aceptan la nueva autoridad surgida en el Capitolio ya que entienden que no se han seguido la leyes y que todo ha sido un golpe de estado instigado además por potencias extranjeras. Estos estados se desmarcan de todo lo cocinado en Washington y otras ciudades de la costas atlántica y pacífica, proclamándose leales a la Constitución de EE.UU. y en defensa de esta proclaman su independencia de los golpistas de Washington. La Guardia Nacional de estos estados se pone a la órdenes de sus gobernadores y desde el Pentágono se preparan para afrontar una larga guerra civil.

Estos estados rebeldes reciben el apoyo de México que reconoce su independencia,… ¿Hace falta que siga?

Sustituyendo a los personajes de este relato de política ficción por personajes reales y cambiando al EE.UU. de un futuro cercano ficticio (o quizá no tanto) por la Ucrania de 2014, cualquiera medianamente informado puede sacar conclusiones.

Todo lo que he contado en este relato, fruto de mi mente calenturienta (¡ay fachada mí!), tiene su equivalente en la realidad del golpe de estado de Ucrania llamado Maidán o Revolución de la Dignidad de 2014. Hubo senadores estadounidenses dando discursos en Kiev; Victoria Nuland debatía con el embajador de EE.UU en Kiev sobre a quién apoyar cuando el golpe triunfara; el embajador de EE.UU. se paseaba por Kiev junto con la propia Nuland (número 3 del Departamento de Estado) repartiendo cachos de pan a civiles y policías; a una alta comisaria de la UE (Aston) el ministro de Asuntos Exteriores estonio le decía por teléfono que los sublevados eran los responsables de los asesinatos y predecía, acertadamente, una inminente guerra civil. Lo tengo en vídeo y en inglés (en la segunda parte del mismo esta todo)

¿Sería mi anterior cuento el relato de un golpe de estado de manual? Un presidente elegido democráticamente derrocado, no por las urnas sino por la fuerza, mientras los mismos políticos extranjeros que debaten sobre a quién encumbrar tras el golpe, dan mítines en las plazas y reparten chuches por las calles de ese mismo país donde se está dando ese golpe de estado flagrante… que ellos mismos azuzan y financian. Apunta a que sí. En ambos casos, el real ucraniano y el ficticio estadounidense, la causa para asaltar el poder por la fuerza no es que los jefes de estado de estos países cometieran una ilegalidad sino que, en el ejercicio de sus facultades, optaron por perseguir políticas que a un atajo de engreídos cabrones, a los que nadie ha votado, no les parecieron adecuadas (Yanukovich optó por mantener a Ucrania con un pie en ambo bloques en lugar de ennoviarse con la UE hasta las trancas y el ficticio presidente de EE.UU. de mi relato punzó el nervio del régimen osando en devolver el poder –la palabra– a sus ciudadanos)

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