lunes, mayo 16, 2022
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El “relato” ucraniano

En la costa del Mar Negro y en el este de Ucrania la población ve con peores ojos a un soldado ucraniano que a uno ruso. Y no hablo solo de la población considerada de etnia rusa sino del conjunto de la población

En el otoño de 2020 una nación de la OTAN y sin embrago enemiga de Occidente, apoyó a una nación musulmana para aplastar a una nación cristiana. No pasó nada.

Esa nación socia de la OTAN es Turquía, enemiga declarada de Grecia, también socia de la misma alianza, que –mira por dónde– ocupa ilegalmente desde 1974 el norte de la isla de Chipre. Esa nación, Turquía, apoyó con tropas, medios financieros, tecnología y armas y de forma descarada la guerra con la que el ejército azerbayano aplastó Armenia en el otoño de 2020 ¿Te acuerdas de las manifestaciones ante la embajada de Turquía en Madrid? Yo tampoco.

Sí, este artículo tratará sobre lo que está pasando en Ucrania y a ello iré más adelante, pero comienzo viajando a Turquía porque creo que es importante contar con una cierta perspectiva y poder comparar las distintas varas de medir que se aplican en asuntos de política internacional.

Turquía, miembro de la OTAN insisto, es también la nación que con más saña se ha empleado en arrasar Siria nutriendo desde 2011 al ELS (ejército de Liberación de Siria) y machacando kurdos a ambos lados de la frontera. Machacar kurdos y armenios es algo que en Turquía podría calificarse como “deporte nacional”. Turquía es la nación responsable del genocidio armenio, el cual niegan, en el que se emplearon con furia violando niños y mujeres y acabando con la vida de alrededor de 2 millones de seres humanos. Hace menos de dos años, recordemos, los turcos volvieron a hacerles una visita a los Armenios, esta vez en en su país, para lograr su derrota a manos de sus hermanos azerbayanos de etnia turca.

Turquía condena la invasión de Ucrania a manos de las tropas rusas porque “viola las leyes internacionales y supone una amenaza para la estabilidad en la región”. Todo unos cachondos los amigos turcos.

Cuando en 1999 la OTAN, sin las bendiciones de la ONU, machacó Serbia durante 3 meses seguidos de bombardeos (aviones españoles y turcos incluidos), lo hizo para lograr arrancar de Serbia la región de Kosovo y no para defender a los invasores albanos. Que la ONU otorgue o no sus bendiciones a una causa es algo que para mí carece de importancia al tratarse de un club de dictaduras, pero como para la progremonguería mundial el hecho de que algo cuente con el aval de la ONU lo convierte en bendito, traigo a colación que en este caso la OTAN pudo arrasar Serbia sin contar siquiera con el aval de esta organización mafiosa, referente de globalistas y de incautos.

Recordemos que Javier Solana, de La PSOE, era por aquel tiempo el secretario general de la OTAN que mataba serbios desde el aire.

Desde inicios de la década de los 90 del siglo pasado, con la caída de la Unión Soviética, y hasta la fecha, Rusia ha visto como una alianza, la OTAN, que se presumía defensiva en sus orígenes, ha ido avanzando hacia sus fronteras sin pausa, a pesar de las garantías verbales que les fueron dadas. Hungría, Polonia y Checoslovaquia en 1999, Lituania, Letonia, Estonia, Bulgaria, Rumanía, Eslovaquia y Eslovenia (2004) y Albania y Croacia (2009) se han ido uniendo a la OTAN en su avance hacia Rusia.

Rusia es un país con un PIB (Producto Interior Bruto) inferior al de Italia y tan solo algo mayor que el de España y que cuenta con una población equivalente a la suma de los habitantes de Alemania y Reino Unido. El sumatorio de los PIB y de la población de todos los miembros de la OTAN es apabullantemente superior al de Rusia. Conviene recordar estos datos a quienes dibujan a Rusia como un leviatán capaz de invadir Occidente y de lo que sea menester para alimentar el “relato” que convenga en cada momento.

El resumen es que en la costa del Mar Negro y en el este de Ucrania, la población ve con peores ojos a un soldado ucraniano que a uno ruso. Y no hablo solo de la población considerada de etnia rusa sino del conjunto de la población.

La “defensiva” OTAN tiene sus ojos puestos en Ucrania (y Georgia) desde hace tiempo. Ocho años atrás las cosas fueron conveniente e interesadamente precipitadas cuando con el beneplácito de la Alianza y los buenos oficios de Francia y Alemania, se dio un golpe de estado en Ucrania para expulsar a un presidente electo, Viktor Yanukovych, y amedrentar a todos los parlamentarios contrarios a la incorporación de Ucrania a la OTAN –que eran mayoría en 2014–. Pero este más que evidente golpe de estado nos fue vendido como una pacífica revolución de colorines, el “Euromaidán”, donde la población ucraniana derrocaba a un tirano motivada por el ansia de abrazarse a la Unión Europea y al Tratado del Atlántico Norte. El sentimiento hacia la UE en Kiev o Lvov no es el mismo que el que hay en Dniepropetrovsk u Odessa y es totalmente opuesto al que existe en Lugansk, Donetsk o Mariupol. Pero eso a nadie le interesa: Rusia criminal, Rusia mala, Putin es Hitler. Cualquier cosa que sea tomar altura y ver el paisaje completo escapando de los dogmas fast-food, para profundizar en el qué, el cómo o el por qué son cosas que no interesa que la población haga.

Un presidente electo, nacido en la región pro-rusa del Donbás, expulsado, el parlamento (la Rada suprema) rodeado, y los parlamentarios contrarios al golpe, amenazados e impedidos para acceder a la Rada en donde se votó la expulsión de Yanukovich; si eso no es un golpe de estado nada lo es. Lo que aconteció en Kiev entre noviembre de 2013 y febrero de 2014 fue que una parte de la población ucraniana, la más “europeísta”, se impuso por la fuerza a la otra parte de sus compatriotas pasándose por sus eslavas y ucranianas pelotas la voluntad popular reflejada tres años antes en las urnas. Recordemos que esta revolución de caramelos y canciones tuvo lugar en Kiev donde el nacionalismo ucraniano es más fuerte que lo que puede encontrarse en el campo o en el sur y este del país.

Si analizamos los resultados de la segunda vuelta de las elecciones presidenciales de 2010 podemos ver que el candidato pro-ruso, además de ganar por más de un millón de votos en todo el país, arrasó literalmente en el este y sur.

YanukovichTymoshenkoOtros
Donetsk90,44%6,45%2,26%
Luhansk88,96%7,72%2,34%
Sevastopol84,35%10,38%4,35%
Crimea78,24%17,31%3,23%
Odesa74,14%19,52%4,61%
Mykolaiv71,53%22,95%4,30%
Zaporizhzhia71,50%22,22%5,07%
Jarkov71,35%22,43%5,12%
Dnipropetrovsk62,70%29,13%6,75%
Kherson59,98%33,73%5,04%
Total Ucrania48,95%45,47%4,36%
Zakarpats`ka41,55%51,66%4,46%
Kirovohrad39,61%54,66%4,46%
Poltava38,99%54,20%5,75%
Zhytomyr36,70%57,50%4,53%
Chernihiv30,95%63,63%4,22%
Sumy30,40%62,89%5,33%
Cherkasy28,84%65,37%4,48%
Chernivtsi27,64%66,47%4,11%
Kiev25,72%65,34%8,05%
Khmelnyts24,94%69,74%3,84%
Vinnytsia24,26%71,10%3,32%
Kyiv23,61%69,71%5,10%
Rivne18,91%76,24%3,65%
Volyn14,01%81,85%3,11%
Lviv8,60%86,20%4,16%
Ternopil7,92%88,39%2,83%
Ivano-Frankivsk7,02%88,89%2,84%

Yanukovich concurrió a estas elecciones perteneciendo a un partido político, el Partido de las Regiones, que no escondía sus simpatías por Rusia, y por tanto la gente sabía claramente qué era lo que votaba. Del otro lado estaba Yulia Timoshenko del partido Unión de Ucrania “Patria” que pertenece a la misma internacional que nuestro PP. La elección de Yanukovich no molaba nada en los círculos de poder de Washington, París, Londres y Berlín y algo tenían que hacer nuestros presuntos adalides de la democracia para dar la vuelta a este revés.

Seré muy claro en mi análisis de lo que acontece en esta nueva nación llamada Ucrania. Se trata de una guerra civil en la que ambas partes cuentan con sus aliados internacionales. Es una guerra civil que dura ya 8 años, y miles de muertos civiles en la región pro-rusa del Dombás (verificados por la ONU) así lo atestiguan. La guerra arrancó con un golpe de estado alimentado por la OTAN y afines a finales de 2013 y ha cobrado tintes más dramáticos cuando Rusia, la aliada de una de las partes en conflicto, ha decidido poner pie en pared para defender tanto sus intereses (que no les pongan misiles a 400 km de Moscú) como los de casi la mitad de la población ucraniana.

La animadversión hacia los rusos discurre paralela a dos ejes: el eje geográfico sureste-noroeste y el eje urbano-rural. Conforme nos desplazamos desde el área del Mar de Azov hacia la frontera con Polonia aumenta la rusofobia y lo mismo sucede cuando se pasa del entorno agrario al urbano. El resumen es que en la costa del Mar Negro y en el este de Ucrania la población ve con peores ojos a un soldado ucraniano que a uno ruso. Y no hablo solo de la población considerada de etnia rusa sino del conjunto de la población. El hecho cierto y brutal de que una gran parte de la población ucraniana ve como algo positivo que el ejército ruso entre en su país es algo que queda fuera del radar de una opinión pública, mayoritariamente infantil, occidental.

Volvamos la vista tres décadas atrás. La URSS implosionaba y surgían 15 nuevos países de las cenizas del nefasto imperio comunista soviético. Para Occidente la prioridad entonces era evitar que el inmenso arsenal nuclear soviético cayera en manos de naciones “rebeldes” difíciles de controlar. Un acierto. Rusia se hizo con el control de todas las ojivas nucleares tácticas (crucero) y estratégicas (intercontinentales) y se conjuró la amenaza de que naciones inquietantes como Uzbequistán tuvieran en su arsenal juguetes atómicos. La OTAN tuvo entonces una oportunidad de oro de ofrecer garantías a Rusia e incluso de avanzar hacia una alianza militar con la gigantesca nación euroasiática pero la desperdició ¿Por qué? Las respuestas a esta pregunta darían para escribir un libro, pero bajo mi punto de vista, y de forma sintetizada, la respuesta es que a quienes tienen en la OTAN una herramienta para hacer sus negocios no les interesaba entonces, ni les interesa ahora, contar con Rusia como socio sino como víctima.

Tener a Rusia como aliado hace innecesario mantener un entramado militar como la OTAN con decenas de miles de soldados estadounidenses, decenas de bases aéreas y navales por toda Europa y convierte en obsoleta la doctrina militar y de defensa que se resume en “Rusia es mala”. Tener a Rusia como aliado es un pésimo negocio para la industria armamentística occidental y hace necesario buscar nuevos enemigos a la altura del volumen de facturación que la industria bélica venía teniendo cuando frente a la OTAN estaba el Pacto de Varsovia. Y puestos a buscar nuevos enemigos se corría el riesgo de que finalmente nos diéramos cuenta de que que el verdadero enemigo de Occidente es el islam y no una nación eslava de tradición cristiana que acababa de sacudirse el virus comunista.

Pero la OTAN, o mejor dicho quienes la utilizan para sus fines, no quisieron siquiera avanzar por el camino de una alianza estratégica que incorporara a la defensa de Occidente a una nación de ingentes recursos naturales, desde el Báltico hasta el Pacífico, y con frontera con China y prefirió dedicarse a arrinconar a Rusia incorporando 12 nuevos miembros mientras se entretenían desestabilizando el mundo desde Kabul hasta Argel pasando por El Cairo y Trípoli.

Buscando unas inexistentes armas de destrucción masiva acabaron con el tirano de Bagdad –Sadam Hussein– y convirtieron Irak en un infierno aún peor donde los cristianos eran masacrados y la guerra civil perenne convertía al país mesopotámico en un títere de los ayatollahs iraníes. En Egipto estuvieron a muy poco de hacer arder el país cuando se llevaron por delante a Mubarak, pero luego en Libia mejoraron su eficacia sembrando el puto caos, y a cambio de lograr la muerte de esa drag queen del desierto –el coronel Gadafi–, convirtieron Libia en una nación fallida en manos de señores de la guerra, los bondadosos socios de las ONGs que se lucran con el tráfico de inmigrantes.

Cada vez que la OTAN o sus más conspicuos miembros, han emprendido batallitas en el simpático –y dictatorial por definición– mundo islámico, ha sido para a cambio de deponer a un tirano, traer el más absoluto caos imaginable. Es propio de imbéciles el ignorar que en un contexto islámico las dos únicas opciones disponibles en el menú son o un hijoputa –civil o coronado– que controle todo con mano de hierro, o infinidad de facciones compitiendo por ver cual de ellas se acerca más a las barbaridades predicadas y cometidas por un señor árabe nacido en el siglo VI. En Siria aún siguen tratando de cargarse al hijoputa que fue capaz de mantener el orden, Basel al-Ásad, con la inestimable ayuda de la “atlántica” Turquía.

Por tanto, queridos niños y niñas… y niñes, lo que la OTAN ha venido haciendo desde 1990 hasta la fecha es lograr una serie de increíbles proezas todas ellas encaminadas a hacer que este mundo sea un poco más caótico cada día. La OTAN ha logrado que se asesine a muchos más cristianos desde Pakistán hasta Egipto; que naciones enteras se hayan convertido en agujeros de mierda asoladas por sus islámicas facciones enfrentadas en su entretenida competencia entre chiitas y sunitas; y que tengamos más inmigración ilegal y más terrorismo asesino en Europa. Bravo.

Debemos agradecer a auténticos hijoputas visionarios y paletos como el hoy secretario de Estado de los EE.UU., Anthony Blinken, el que estemos siendo invadidos desde Siria, Irak o Libia por gente que no busca integrarse sino parasitar nuestras aún prósperas sociedades.

Es una paradoja a la vista de cualquiera el hecho de que los cabrones que se han fajado a fondo para que haya “refugiados” son los que más predican que hay que acoger a esos refugiados que ellos mismos fabrican.

¡Dentro el vídeo que YouTube me eliminó en su día sobre Anthony Blinken!:

Permíteme que esboce un supuesto de política ficción. Una potencia enemiga de los EE.UU. quiere incorporar a México a una alianza orientada a someter a estos primeros. Se da la circunstancia de que en las regiones fronterizas de México con EE.UU. la población ve al vecino del norte como un aliado con el que le unen fuertes lazos históricos de amistad, de etnia y de lengua. Las autoridades locales de esta región mexicana solicitan ayuda a EE.UU después de que el gobierno central mexicano lleve 8 años bombardeándoles a la población civil y de que se expulsara al presidente de México nacido en esta misma región. Cambia región mexicana por el Dombás y el 40% de Ucrania, cambia potencia enemiga por la OTAN y cambia EE.UU. por Rusia y añádele el hecho de que Rusia es mucho más pobre y está menos poblada que EE.UU. y tal vez eso te dé en qué pensar.

La pregunta adecuada ente este escenario no sería si Estados Unidos volvería a invadir México como ya lo hizo otras veces sino cuándo.

En el discurso unicornio unánime, y listo para llevar, que ofrece un argumentario Disney para explicar en clave maniqueísta la guerra que hoy se libra en Ucrania, se excluye la consideración de que tal vez quienes están detrás de ese afán por incorporar a la OTAN a una nación partida en dos que comparte casi 12 siglos de vínculos históricos con Rusia, no busquen el bienestar de los Ucranianos tanto como buscan repartirse Rusia en porciones.

Para el establishment pijo-progre occidental integrar en su seno una nación tan vasta como Rusia supone un riesgo porque una población que mayoritariamente sostiene ideales conservadores que contrastan con nuestra idiocia de género y de melindres surtidos pone en riesgo su titánica labor de años emasculando nuestras sociedades.

Llamadme facha, que lo soy, pero me toca mucho muchísimo los cojones que los mismos que celebran la invasión de Occidente por parte de gentes que no buscan la integración sino cambiar nuestras sociedades para acomodarlas a sus liberticidas formas de vida, sean quienes se llevan las manos a la cabeza porque Rusia la líe en Ucrania.

Putin es un killer y es un dictador que pisotea las libertades de sus ciudadanos, no tengo duda alguna de eso, tampoco albergo dudas de que todos los que he mentado un poco antes son otros killers y dictadores. Aborrezco a Putin como aborrezco a Biden (o a quien sea que hoy sea su ventrílocuo), pero más que a ninguno de estos dos aborrezco a quienes buscan convertirme en un manso esclavo sostenible, resiliente e inclusivo.

Llamadme mal hablado, que también lo soy, pero solo puedo sentir desprecio y asco hacia quienes después de llevar dos años librando una guerra contra sus propios ciudadanos a cuenta del puto virus made in China bajo licencia y copyright USA se escandalizan porque los rusos pidan que por favor dejen de rodearles con una alianza tan defensiva.

Llamadme soez, facha, antisistema o lo que cada cual prefiera, pero insistiré en pedir que me coman los huevos –en sentido figurado– los dictadores como Trudeau que se arrodillan ante organizaciones mafiosas afines a su credo –Black Lives Matter–, que se refieren al covid como una “gran oportunidad” para un “gran reinicio” y que elevan a rango de ley no solo el hurto de las libertades básicas de sus ciudadanos sino también el robo de su dinero, de sus bienes, de sus medios de vida, de sus mascotas y de sus hijos.

Ver a una teatral hijadelagranputa como Ursula Von der Leyen, presidenta de la Comisión Europea, con los ojitos llorosos diciendo que los rusos van a matar a los niños, me produce nauseas. Esta tipeja, consorte de un directivo de la industria farmacéutica, que firmó el mayor y más opaco contrato de compra de vacunas de la Historia de la Humanidad, que pasea por el mundo entregando premios al CEO de Pfizer y abogando por hacer forzosa la vacunación, puede ponerse en la fila a rendirme figurada pleitesía orquídea justo detrás de Justin Trudeau. Me repugna escuchar las “firmes condenas” al ogro Putin cuando surten de las sucias bocas de Javier Solana, Anthony Blinken, Joe Biden (o lo que quede de él) y demás cabrones desorejados expertos en crear problemas donde no los había o en hacer que aumenten los ya existentes.

Putin es un killer y es un dictador que pisotea las libertades de sus ciudadanos, no tengo duda alguna de eso, tampoco albergo dudas de que todos los que he mentado un poco antes son otros killers y dictadores. Aborrezco a Putin como aborrezco a Biden (o a quien sea que hoy sea su ventrílocuo), pero más que a ninguno de estos dos aborrezco a quienes buscan convertirme en un manso esclavo sostenible, resiliente e inclusivo. Mi instinto me dice que a estos últimos Putin no les cae bien porque el chiquitín con botox y mirada de hielo celeste les tiene tomada la medida y hasta se permite echarse unas risas a cuenta de sus dogmas de género. Cualquier obstáculo que esta gentuza mayordomeada por Klaus Schwab, encuentre en su camino hacia el Gran Alelamiento, es algo que celebro.

¡Qué bien ha venido esta guerra para apartar el foco de las guerras que nuestros dictadores libran contra enemigos desarmados a los que aún se atreven a llamarnos ciudadanos (supongo que para reírse en nuestra jeta)! Me resulta entretenido comprobar como en EE.UU. cualquiera que se ose salirse del guion Disney sobre la guerra en Ucrania, el relato acordado, empaquetado y con lacito oficial, es tachado de traidor y de pro-ruso. Los mismos que han definido como terroristas domésticos a los padres que se quejan en los consejos escolares de los mandatos sobre mascarillas o de que se adoctrine en las aulas con la Teoría Crítica de la Raza, son los que tildan de traidores y de renegados a los que se muestran críticos con sus consignas baratas de parvulario.

Si un padre estadounidense en una reunión del consejo escolar del colegio de su hijo dice que está en contra de que a su vástago se le diga que por ser blanco ya nació racista, se arriesga a ser investigado por el FBI. Lo mismo aplica para los padres que se quejen en voz alta de que adoctrinen a sus hijos en que es normal que se hormone a niños de 8 años para ir preparándose para un cambio de sexo. Presuntos terroristas a ojos de los progremonguers de todos los colores, al igual que lo son a sus infantiloides ojos quienes sostienen que tal vez la mierda que se nos obliga a comprar sobre el “relato” del conflicto en Ucrania sea solo eso: mierda. Y mierda es.

He vuelto a pasar consulta después de una pausa de 3 días.

Y ya que te pones échale un vistazo a mi libro, aunque no te guste a mí sí me gustará que te lo compres. No te miento.

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