lunes, mayo 16, 2022
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Plandemia, Canadá, Roma y la Ventana de Overton

La ventana de Overton puede moverse muy rápidamente y hacer que la idea de un primer ministro canadiense siendo decapitado pase de no estar dentro del marco de lo comúnmente aceptable a colocarse en mitad del cuadro

La ventana de Overton es el rango de actuaciones o comportamientos políticamente aceptables para la población mayoritaria en un momento dado. También se le conoce como la ventana del discurso.

(Aviso a navegantes y dedicatoria. Este va a ser un artículo extenso, puedes volver a Twitter si quieres fast-food, pero creo que este artículo te va a resultar muy interesante. Verás que no viajo a Canadá hasta pasados varios párrafos pero te aseguro que será un paseo interesante. Este artículo se lo dedico a la mujer que me aguanta mientras escribo y a la que quiero con todo mi corazón)

El historiador romano Livio sitúa los primeros juegos de gladiadores romanos alrededor del año 264 a. C. durante los inicios de la primera Guerra Púnica. Estos juegos enraizaban con la costumbre etrusca y campania de celebrar duelos a espada durante los funerales, algo que se consideraba un deber moral (munus) para contentar a los dioses familiares (manes) del difunto. Honorio prohibió las luchas de gladiadores en el año 399 de nuestra era pero siguieron teniendo lugar hasta que Valentiniano III, en el 438, revalidara esta prohibición. Durante setecientos años ver matarse a seres humanos era considerado un acto piadoso y patriótico por la mayoría de los habitantes del imperio romano. La muerte como espectáculo y ofrenda a los dioses estaba en el centro de su ventana de Overton.

Desde los orígenes del cristianismo hasta el año 249 la actitud de las autoridades romanas hacia esta nueva religión variaban dependiendo del talante de cada gobernador provincial y de cómo cada magistrado, prefecto y demás altos funcionarios interpretaban el nivel de amenaza que los cristianos constituían. En la mentalidad romana mayoritaria de aquellos años la identificación entre el Estado y la religión era predominante; los dioses romanos, su culto público y la adhesión al Imperio eran una misma cosa. Roma toleraba cualquier fe particular siempre y cuando esta fe se compatibilizara con el culto público a los dioses romanos y al emperador. La adhesión pública a los dioses y al augusto se identificaban con el patriotismo y la fidelidad a Roma. Solo los judíos estaban exentos de tener que conciliar dos cultos (y de ahí que siempre fuesen vistos como poco fiables y de ahí tres guerras y numerosas revueltas acalladas a golpe de espada).

Puesto que el cristianismo era –y es– incompatible con adorar a otros dioses, los cristianos eran reacios a mostrar veneración por el panteón romano y de ahí que se les mirara con suspicacia. Entre el siglo I y hasta mediados del siglo III se dieron casos continuados de persecución de cristianos en distintas provincias, si bien aún no era una persecución a una escala imperial. Aquellos que, siendo acusados de cristianismo –sí, ser cristiano era un cargo–, se negaban a ofrecer sacrificios, eran desterrados o decapitados si eran ciudadanos romanos, o recibían la muerte entre fieras salvajes en espectáculos públicos llamados damnatio ad bestias.

En 250 el emperador Decio otorgó carta de naturaleza a la persecución de los cristianos a través de un edicto que obligaba a todos los habitantes del imperio a realizar sacrificios a los dioses en presencia de un magistrado romano. Aquellos que así lo hacían recibían un documento o certificado llamado libelo. Con posterioridad, el emperador Valeriano ordenó que todo el clero cristiano fuera obligado a realizar sacrificios y que fueran requisadas las propiedades de los altos cargos del imperio de fe cristiana. En muchos casos patricios romanos fueran hechos esclavos y condenados a trabajos forzosos por no renegar de su fe en Cristo. En aquellos años el cristianismo no era visto como una religión al uso, como sí lo era el culto a la diosa egipcia Isis –muy popular en la ciudad de Roma–, sino como pertenencia a una asociación criminal subversiva.

Paremos un momento. Un certificado, el libelo, que todos deben tener por el bien común del Imperio. Llevar a cabo un ritual forzoso para conjurar el miedo ante una amenaza. Un documento que acredita tu adhesión a un culto en pro del bien común, y que aquellos que no lo porten se conviertan en proscritos y sean despojados de sus derechos ¿A alguien le suena que exista algo así hoy en día? Es por preguntar…

Se requiere a todos los habitantes del imperio para que hagan sacrificios ante los magistrados de su comunidad «por la seguridad del imperio» en un día determinado. Cuando hagan el sacrificio podrán obtener un certificado (libellus)  documentando el hecho de que han cumplido la orden (edicto de Decio)

Hacer sacrificios “por la seguridad del imperio” y recibir a cambio un certificado. ¡Vaya!, es que no sé, pero como que es algo que he oído bastante últimamente. Cosas sobre rebaños. Por cierto, entre 251 y 266 Roma se vio asolada por la segunda Peste Antonina que llegó a dejar 5.000 muertos diarios tan solo en la ciudad de Roma. Justo después del certificado de Decio llegó una pandemia. Si la población en aquella época en la Ciudad Eterna era de aproximadamente un millón de habitantes, con las cifras que nos dan los cronistas, tenemos que diariamente fallecía uno de cada 200 de sus habitantes. Este dato lo dejo para los que dicen que esto del covid es una cosa novedosa y la peor epidemia jamás vista. Lo único que tiene esta plandemia de novel es que el virus en lugar de ser zoonótico está manufacturado “made in China”.

Nota curiosa: La Peste Antonina brotó por primera vez en la segunda mitad del siglo II (166) y la dispersaron por el imperio los legionarios que volvieron de combatir a los persas seleúcidas. Se da la interesante coincidencia de que los cronistas de la Dinastía Han documentaron una peste similar en China cinco años antes por lo que es bastante verosímil que aquella pandemia viajara a través de la Ruta de la Seda. Como puede verse, China siempre ha sido una “potencia” exportadora de patógenos.

Después de este pequeño recorrido histórico volvamos a la ventana de Overton antes de viajar a Canadá. El concepto de ventana de Overton fue acuñado por Joseph P. Overton, un ingeniero en electrónica y abogado de fuertes convicciones libertarias, nacido en 1960 y fallecido en 2003 en un accidente a bordo de un ultraligero.

A grandes rasgos Overton pensaba que existe un marco –o ventana– dentro del cual se encuentran una serie de políticas o ideas que se consideran aceptables en una sociedad determinada. Esta ventana, que cambia en el tiempo y en el espacio geográfico, se desplaza en un eje vertical, el de la libertad, en el que se encuentran distintas ideas o políticas. Las ideas más relacionadas con la libertad se sitúan en la parte superior de este eje vertical, mientras que las más despóticas están en la inferior. La ventana de Overton se desplaza por este eje y además puede ensancharse o encogerse. Pondré un ejemplo muy de actualidad, lo que es políticamente aceptable acerca de la obligatoriedad de la vacunación con las nuevas substancias experimentales.

La ventana de Overton, lo políticamente aceptable, al respecto del debate entre vacunación obligatoria sí o no, marca hoy en día un terreno de juego en el que se “tolera” defender dos posiciones. Una es que la gente puede elegir no vacunarse pagando como peaje parte de su libertad, la otra es que la vacunación debe ser obligatoria. El resto de opciones pueden ser sostenidas por determinados grupos o personas, pero ningún partido político, empresa o medio de comunicación políticamente correcto, lo que se considera el establishment, se arriesgaría a postularse abiertamente a favor de las opciones que estén fuera del marco de la ventana. La imagen de arriba sería la fotografía que representa cómo están las cosas en el mundo (de media) a efectos de “aceptabilidad” con respecto a la demencia vacunera. En Canadá después de que entrara en efecto la Ley de Emergencias (Emergency Act), la ventana se ha deslizado hasta hacer políticamente defendible la idea de que los camioneros que piden el fin de los mandatos covidianos y la devolución de sus derechos y libertades, y quienes les apoyan, sean considerados terroristas de facto.

Overton, libertario como era hasta las cachas, predicaba que era fundamental que desde distintos grupos, instituciones y círculos académicos, se defendieran las ideas que, estando fuera de la ventana, se situaran en la parte superior del eje (el de la libertad), para ir permeando a la sociedad con las mismas hasta convertirlas en aceptables por los partidos institucionales y medios de comunicación de masas, y lograr que estos las hicieran suyas. Lo que ha venido ocurriendo en las últimas cuatro décadas es que, desgraciadamente, han sido los defensores de las ideas más próximas al totalitarismo los que más se han empleado en hacer sus postulados liberticidas aceptables. Esto ha sucedido para cualquier ámbito del debate social. Las principales universidades anglosajonas han estado a la vanguardia de esta labor de adoctrinamiento, macerando a los futuros líderes en una sopa de socialismo. Para tal fin se ha contado con ingentes recursos financieros provistos por poderosísimas fundaciones (Ford, Bill and Melinda Gates, Open Society) a su vez financiadas por empresas y particulares como Facebook, Google, George Soros, etc.

Volvamos a Roma avanzando solamente 61 años desde que Decio decretara el escarmiento para aquellos que no se plegaran a rendir culto a los dioses imperiales. Los edictos de Nicomedia primero y el de Milán después, promulgados por Galerio en 311 y por Constantino I en 313 respectivamente, pusieron fin a la persecución de los cristianos en todo el Imperio. La ventana de Overton subía por el eje de la libertad. En 380 el emperador Teodosio (Edicto de Tesalónica) convirtió el cristianismo en la religión oficial del imperio y doce años después (392) el mismo Teodosio prohibió cualquier otra religión dentro de las fronteras del Imperio romano. La ventana basculaba hacia el totalitarismo de nuevo al negar la posibilidad de profesar otra fe distinta al cristianismo. En 142 años el culto a los dioses romanos pasó de estar en el centro mismo de la ventana a salir de su marco, mientras en el caso del cristianismo ocurrió lo contrario.

Se pasó de perseguir cristianos a tolerarlos y luego a que el cristianismo fuera la religión del Estado. Finalmente los perseguidos persiguieron a quienes les perseguían. Estaba mal perseguir a los cristianos y estuvo mal cambiar de presa. Todo esto lo digo aún a pesar de que la moralidad cristiana es objetivamente superior y mejor que la que emanaba del panteón romano. Adorar a un dios u otro, o no hacerlo a ninguno, es algo que pertenece al ámbito privado de cada individuo y no al Estado; otra cosa es que la adoración a algún dios lleve aparejada aberraciones como sacrificios humanos o la consideración de las mujeres como seres inferiores o el mandato de despreciar a los ajenos a esa fe… o de predicar la guerra “santa” por distintos medios como forma de llevar a cabo un supremacismo endémico. Cuando una religión predica y justifica el delito y la amenaza, se sitúa como una “idea” más de las que están en el sótano del eje de Overton. Creo que se me entiende.

Vamos de vuelta a Canadá.

Conviene recordar a los nuevos dictadores con aspecto de querubines y maneras de psicópatas engreídos, como Justin Trudeau, Pedro Sánchez, Olaf Scholz o Jacinda Ardern (y tantos otros), que tratar de mover la ventana de Overton en un sentido, tiene –y esta es una teoría mía– un peligroso “efecto muelle”.

El efecto muelle –lo llamaré EMVO (Efecto Muelle de la Ventana de Oberton) o OWSE (Oberton Window Spring Effect)– se define como la acumulación de energía potencial que se genera cuando la ventana de Overton se traslada en cualquier sentido del eje libertad-despotismo, siendo el incremento de esta energía directamente proporcional a la distancia recorrida por la ventana desde el centro del eje, y apuntando en el sentido opuesto al del movimiento de la ventana.

Dicho con otras palabras, cuanto más comprimes el muelle, mayor es la energía que se acumula en este, y dicha energía se orienta y dirige en el sentido opuesto al de la fuerza que lo comprime. Además por cada “centímetro” adicional que se contrae el muelle, la energía que se acumula en este, orientada en sentido contrario, crece de manera más que proporcional.

Las consecuencias del EMVO son muy peligrosas en general y potencialmente letales para los cabrones como Justin Trudeu que se obstinan en encoger el muelle. Tratar de hacer aceptables cosas como que se pueda privar a la gente de su dinero, de sus bienes, de sus medios de subsistencia, de sus mascotas y hasta de sus hijos, por defender sus libertades básicas –y eso es exactamente lo que está pasando hoy en Canadá y en muchos otros países en menor medida– hacen que la reacción en sentido opuesto se precipite y sea, además, más virulenta que si solo empujaran un poco. Cuando no te queda nada que perder vas a por todas.

Trudeu puede descubrir que en otros asuntos, y como consecuencia de su deriva totalitaria, la ventana de Overton puede moverse muy rápidamente y hacer que la idea de un primer ministro canadiense siendo decapitado o en prisión de por vida, pase de no estar dentro del marco de lo comúnmente aceptable a colocarse en mitad del cuadro. Ceaucescu y su mujer, Benito Mussolini y muchos otros colegas de Justin padecieron en carne propia las consecuencias del EMVO.

Los espectáculos de gladiadores luchando a muerte eran algo considerado de muy buen gusto y que hablaba muy bien de aquellos que los organizaban y financiaban. Los romanos de posibles y considerados piadosos llevaban a cabo estos deberes morales o munera (plural de munus) por el bien social, como ofrenda a los dioses (manes) familiares y en honor a sus fallecidos. Estos espectáculos eran entonces vistos con tan buenos ojos como hoy podría verse dar dinero en la lucha contra el cáncer o colaborar con Cáritas. Gobernadores, prefectos y emperadores organizaban estos espectáculos para ganarse el favor del pueblo y eran una herramienta fundamental en las campañas electorales de la época. Hacer que varios hombres se mataran entre sí en un coliseo era algo que estaba en el centro de la ventana de Overton en aquella época. En el siglo XV en el el imperio mexica estaba en el centro de la ventana de Overton sacrificar de manera industrial, por decenas de miles en algunas celebraciones de 2 o 3 días, a niños, mujeres y hombres para honrar la muerte de un tlatoani (emperador) o solo para garantizarse que amanecería al día siguiente. En esa misma época en el imperio inca era algo muy piadoso enterrar a niñas vivas, drogadas y borrachas, en las cumbres de los Andes (Capacocha).

Los romanos del siglo II al igual que los aztecas e incas del XV se consideraban muy progresistas, gente de ley y orden, por llevar a cabo estas barbaridades. Porque niños y niñas, os traigo una chocante nueva: lo aceptable en cada momento y lugar no es necesariamente ni bueno ni justo objetivamente. En el esquema de Overton la justicia no la marca aquello que es aceptable sino las ideas que están situadas en la parte superior del eje que marca aquello que más respeta la libertad humana. Lo aceptable solo es bueno si la ventana está situada en la parte superior de este eje. Algo muy popular pero que esté ubicado en la zona baja del eje, siempre será malo. Se mejora, se progresa y se avanza en el buen sentido, solo si la ventana asciende. Cuando la ventana baja, por más que te lo quieran vender como “progreso” –que lo hacen–, queridos niños y niñas, objetivamente retrocedemos como sociedad.

Cuando se nos trata de vender como un avance y un progreso verdaderas idioteces del tenor de que solo los blancos pueden ser y son racistas por naturaleza; o de que el sexo y el género son dos conceptos que no discurren paralelos; o de que existen tales cosas como derechos a la carta para colectivos; o de que un término oximorónico como “discriminación-positiva” puede describir algo benéfico; o de que vacunarse con substancias tan ineficaces como potencialmente peligrosas es un “acto de amor”; o de que obligar a la gente a inyectarse substancias es algo cojonudo; o de que es un acto de responsabilidad inocular a tu niña de 7 años algo que no necesita y que no impidiendo que se contagie le entrega una papeleta para una rifa de muerte y efectos adversos crónicos;…. Perdonad por poner aquí mi “lista de la compra” pero quería enumerar unos cuantos dogmas aún sin “ser exhaustivo”, como diría mi querido César Vidal. Cuando se nos venden esos despropósitos colosales, se nos está despachando pura mierda. Mierda rociada con abundante perfume de neologismos y eufemismos para hacerla más atractiva a la vista y al paladar, pero mierda al peso al fin y al cabo.

Que la mierda sea aceptable, y esté en el núcleo mismo de la ventana de Overton en un momento dado, no es, ni mucho menos, una novedad como ya hemos visto.

Y ya que hablamos de mierda, volvamos a Justin Trudeu para no cambiar de tema.

El emperador Justin-iano considera que las manifestaciones justas son solo aquellas que persiguen objetivos que a su imperial majestad le agradan, como las manifestaciones del grupo para-terrorista, marxista y racista Black Lives Matter. Si son camioneros, gente trabajadora, que manifestándose de manera pacífica piden que se les devuelva lo que Justiniano les afanó –su derecho a circular libremente sin tener que inyectarse lo que el prócer-dictador les receta–, entonces son nazis, racistas, y, desde hace unos días, terroristas. No solo ellos, también cualquiera que se les arrime llevándoles un bidón de gasoil o un sandwich. Todos terroristas.

Justiniano I Borealis está empujando la ventana de Overton, saltando encima de esta a golpe de ocurrencias liberticidas y jugando con el EMVO (Efecto Muelle de la Ventana de Oberton) que un servidor ha acuñado. Cuando la presión sobre el muelle haga que este se dispare en un sentido opuesto al que monsieur Trudeau empuja, el neo-dictador canadiense puede encontrarse con que su testa de pijillo norteamericano progremonguer puede acabar en el centro de algo parecido a una ventana. Hablo de una estructura rectangular rematada por una cuchilla deslizante en la parte superior y que se coloca sobre un cadalso.

Tratar de convertir en aceptable, y en un lapso tan corto de tiempo, barbaridades como que los camioneros son nazis y presuntos terroristas, denota desesperación y anticipa un final trágico para esta rata cobarde que abandonó Ottawa por miedo ante la inminente llegada del Convoy de la Libertad.

Es un negocio muy arriesgado para Justin el hacer ley de salvajadas como poder embargar cuentas corrientes de manifestantes sin intermediación judicial. También es una locura nerónica hacer lo propio con las cuentas corrientes de quienes apoyan a los que se manifiestan o incluso de quienes cualquier banco tan solo sospeche que, tal vez, les pueda apoyar. No es fácilmente justificable el expulsar de sus puestos de trabajo en la administración a quienes hayan aportado 100 dólares a la causa de los camioneros (se llama Marion Isabeau-Ringuette y aquí tienes el enlace). Es una apuesta arriesgada retirar el seguro a los camiones; requisar el combustible de los camioneros; quitarles sus mascotas y, ya por último, llegar a amenazar con retirar la patria potestad sobre sus hijos a quienes se oponen a los designios de este alucinado Justin.

Como yo lo veo, a nadie le gusta que además de llamarte nazi, violento, racista y terrorista; te roben tu dinero, te congelen tus activos, te quiten a tu gato, castiguen a quienes te defienden y se lleven a tus hijos. Pero ya sabes que yo soy muy facha.

Siempre he reiterado que para mí la vida de cualquier ser humano tiene un valor muy superior al del saldo que este individuo tenga con la justicia, pero debo confesar que empiezo a creer que a veces conviene hacer alguna que otra excepción por mor de que sirva de escarmiento.

Las luchas a muerte entre gladiadores, cazar cristianos y celebrar damnatio ad bestias, “recolectar” totonacas para los sacrificios, “molaban” en sus respectivas épocas y lugares. Eran cosas muy bien vistas y que dignificaban la figura de quienes realizaban estas buenas obras. Eran vistos como actos piadosos realizados por el bien común (ese que no es de nadie y es de todos). Eran barbaridades y estaban muy mal, ayer hoy y siempre, pero se situaban dentro de la ventana de Overton de sus épocas y emplazamientos.

También en cada uno de esos puntos en el tiempo y el espacio había una minoría que entendía claramente que aquello eran aberraciones. Esa minoría que escuchaba esa voz interior –procedente del soplo divino para los que somos creyentes o del alma platónica que alimenta a la razón o anamnesis para quienes militan en el humanismo ateo– no necesita que le pongan una ventana, o un televisor o un teléfono móvil, para entender lo que está bien y lo que está mal. Es obligación de quienes conformamos esa minoría, los patricios de la libertad humana, jamás enfundar el látigo de la crítica valiente y nunca dejar de restallar nuestros zurriagos de sarcasmo y humor ante la jeta de hijoputas justinianos.

Y en eso anda un servidor y en eso está esta cosa libertaria y sarcástica que llamo Freenoticias.

Amor, vida y libertad. Love, life and liberty.

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