domingo, febrero 5, 2023
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Pedro Sánchez o la Política Exterior de las ovejas porculeras

La política exterior debe ser como el chiste donde un paciente aprieta los testículos del dentista y sonriendo le dice “¿verdad que no vamos a hacernos daño?”

Toda nación tiene unos intereses estratégicos que aún trascendiendo el ámbito de los intereses políticos deben ser defendidos, en buena medida, por los políticos. Lo anterior implica que los buenos políticos deben ser capaces de elevarse por encima de su ideología y asumir los intereses estratégicos nacionales como algo suyo, incluso cuando esos intereses no sean coherentes con su pensamiento político o hasta vayan en contra.

Aclaro que hablo de buenos políticos y no de verduleras o macarras de baja estofa enganchados a pisar moqueta y adictos al postureo. Un buen político debe saber distinguir entre sus intereses, los de su partido o familia ideológica y los de su nación.

Para poder defender esos intereses estratégicos se precisan tres cosas:

1.- Saber cuáles son esos intereses y marcarse unos objetivos que coadyuven a preservarlos.

2.- Establecer una estrategia a medio y largo plazo para obtener esos objetivos.

3.- Mantener esa estrategia en el tiempo, con las modificaciones tácticas que requieran los cambio en el teatro de operaciones (la diplomacia es una forma sutil de guerra) internacional y la situación del propio país.

Esos tres puntos no son otra cosa que lo que los países serios llaman “Política de Estado”.

En España lo habitual desde hace casi medio siglo es que los intereses nacionales o no se conozcan o se ignoren; también que se confundan con los personales o partidarios o se supediten a estos últimos. Si no existe un consenso entre los partidos políticos acerca de cuáles son esos intereses estratégicos puedes tener un partido que cuatro años haga algo bueno y luego otro que la cague los cuatro u ocho años siguientes. Eso, o dos partidos que la caguen de distintas formas y en distintos sentidos cada uno.

Cuando no tienes claros los intereses nacionales, los ignoras o antepones intereses partidistas o personales, es imposible establecer unos objetivos y una estrategia nacional para su consecución y es imposible que el siguiente gobierno pueda tomar el testigo para dar continuidad a un plan que ni siquiera existe.

En la política internacional una nación cuya clase política no haya consensuado una política de estado de cara al exterior es como una gacela coja y ciega cruzando entre un grupo de leones hambrientos.

La cosa solo empeora si además el pueblo, cuyos destinos políticos guía semejante hatajo de inconscientes, tampoco conoce cuáles son sus intereses como nación, porque nadie les ha explicado siquiera de qué va eso y lo ven como algo lejano.

Antes de continuar aclaro que vengo hablando de esta España que tanto queremos y que tanto nos duele a tantos.

Hay países que sí tienen una política de estado clara de cara al exterior. Hay países cuya clase política puede discrepar en muchas cosas pero no en cuáles son los intereses comunes de todos. Las demás naciones saben que da igual o importa poco quién esté a cargo del timón en cada momento porque el rumbo en cuanto a política internacional apenas va a cambiar.

Estos países cuentan con una política internacional de estado por distintas circunstancias. En el caso de Marruecos, nuestro tradicional amigo del sur (porque no podemos elegir tener otro), se da la circunstancia de que la política de estado que más conviene a los intereses nacionales del país es también la que más conviene a los intereses del rey y su familia porque el estado es básicamente él. Hay otros países, como Francia o el Reino Unido, que tienen claro que de cara al exterior antes que los partidos o las personas están unos intereses nacionales que nadie discute y que tienen asumidos.

Los países como el nuestro en donde el actual jefe del Gobierno ni conoce ni le importan otros intereses que no sean los suyos, son presas de otros países con las cosas más claras y con un plan a largo plazo. Hay países que saben que si pones unas cuantas bombas en unos trenes en España a tres días de unas elecciones generales, puedes cambiar la política internacional de tu tradicional amigo del norte.

Esos “supuestos” países de los que hablo conocen dos debilidades de nuestro país y las saben explotar –en todos los sentidos del término–. La primera debilidad es la absoluta ignorancia del pueblo en general acerca del concepto mismo de “interés nacional” lo cual, agravado por un cainismo endémico, provoca que al estallar unos trenes en lugar de apretar los dientes y mostrar más determinación que nunca para ir a por quién nos han atacado, preferimos decir que la culpa fue de Aznar y la Guerra de Irak. La segunda debilidad, y más grave si cabe, es que todas las potencias extranjeras conocen que en España un cambio de gobierno acarrea casi inevitablemente un cambio de política exterior. Sabiendo estas debilidades es solo una cuestión de los escrúpulos del gobernante de turno o de un análisis de coste-beneficio el tipo de acciones que otras naciones estén dispuestas a infligir a la nuestra.

Porque detrás de unas bombas puede estar el deseo de desvincular a España de un vínculo atlántico y de vengarse por algo que aconteció en el islote de Perejil. Para una nación que tenga una política de estado dirigida a constituirse en la potencia de referencia en el Estrecho de Gibraltar no hay nada más beneficioso que colocar a José Luis Rodríguez Zapatero en la Moncloa. Al cabo de los años esa nación logra que EE.UU. reconozca su ilegítima soberanía sobre el Sahara Occidental, un objetivo cumplido y a seguir dando pedales en la misma dirección. Para cobrarse una pieza en el ajedrez antes se han movido otras.

Y quien habla de bombas puede hablar de putas, de dinero y de todo tipo de chantaje, de untamiento y de engrase de voluntades. Un rey mujeriego dado a borbonear es un caramelito para cualquier servicio de inteligencia. Unos políticos que pueden ser comprados con el contenido de treinta o CUARENTA maletas que salen de la bodega de un jet en Barajas, son gloria bendita para ir moviendo fichas. Volviendo al chiste del dentista agarrado por las pelotas, la diplomacia va de eso, caras sonrientes y sotto voce, fotos, dossiers, informes y cajones de mierda con los que hacer que el tipo al que estrechas la mano chocolatee sus calzoncillos y esté dispuesto a remar en favor de los intereses de tu país y no de los del suyo. A Carrero Blanco le volaron por los aires, y no fue solo la ETA, al día siguiente de reunirse con Henry Kissinger, un señor que jamás tuvo escrúpulos (quien quiera indagar que busque “Proyecto Islero” y se entretenga atando cabos hasta el 23 de febrero de 1981).

Tener una política de estado internacional clara y consensuada por todos los actores políticos es fundamental para la seguridad nacional porque envía un mensaje claro a las potencias enemigas (y sí, existen, y algunas son socias nuestras en la OTAN o en la UE) de que hagan lo que hagan seguiremos teniendo esos mismos intereses como objetivos. No tener una política de estado internacional es una invitación a que terceros se entretengan en la desestabilización de nuestro país.

Además, si tienes una política exterior de estado sólida las potencias enemigas sabrán que el coste de llevar a cabo acciones como la del 11M (el único atentado terrorista donde se achatarraron los trenes y se hicieron desaparecer todas las evidencias) conllevarán consecuencias devastadoras. Si el mensaje que sabes enviar, entre sonrisas y brindis “por la amistad de nuestros pueblos hermanos” es que si tú me das una bofetada yo te arranco la cabeza, irán a darle la bofetada a otro antes que a ti.

En España tenemos turnándose en el poder y a cargo de nuestra no política exterior por un lado a la PSOE con una más que centenaria tradición de traiciones, golpes de estado, revueltas y lealtad a cualquier cosa excepto a España. Y en el otro rincón los ultracentristas del Partido Pusilánime que tienen muy bien interiorizado que el suyo es el papel de las chachas de la PSOE, arreglar las cuentas y los dineros y mantener las leyes ideológicas de los verdaderos señoritos, y nada más.

Alrededor de estas dos fábricas de inútiles bien vestidos tenemos un enjambre de mosquitos chupasangre y moscas cojoneras que se dedican a zumbar constantemente que que hay de lo suyo y cuya política exterior se resume en “España es una puta y nosotros somos sus chulos”.

La insignificancia de la inexistente política exterior española la puede oler hasta un enajenado mental como Joe Biden. El presidente de EE.UU. podrá olvidarse del nombre de Obama o confundir a su nieta con su hijo difunto, pero aún así es aún es capaz de distinguir a un mindundi gilipollas con el que no quiere reunirse.

El asunto de Brahim Ghali, un señor de la guerra del Frente Polisario que vino a España a curarse de lo suyo, fuera esto lo que fuese, es un claro ejemplo de los mieditos y complejos de nuestra política exterior de parvulario. Ghali cae mal al régimen de Marruecos (Mohamed VI S.A.) y por esa razón cae simpático en Argelia. Ghali está malito y necesita que le curen, tiene DNI español (nació antes de 1975 y por tanto es titular de la nacionalidad española) y pasaporte diplomático argelino pero al parecer entró en España, a petición de Argelia, sin mostrar documento alguno. No se puede decir quién autorizó su entrada porque según la ex-ministra Laya eso es un secreto de estado y no sé qué de la seguridad nacional. Hasta Joe Biden, sin haber dormido la siesta, es capaz de entender que es el jefe de la ministra quien da el visto bueno a un asunto tan delicado; todos sabemos que fue Sánchez quien autorizó que este tipo entrara pero la ministra no puede decirlo en sede judicial.

Una de las tareas de un jefe, de gobierno o del departamento de calzado de Carrefour, es dar la cara y no esconderse debajo de las faldas de una ex-empleada. Las cosas es mejor hacerlas bien y sin mostrar debilidad o miedo. En este caso Sánchez debió hacer saber a Argelia que se aceptaba su petición sujeta a garantizar el abastecimiento de gas y a potenciar los gaseoductos que no transcurren por territorio marroquí. Y en el momento que Ghali pone pie en España se llama al embajador del dictador marroquí en Madrid para informarle que Ghali está en España porque es en nuestro interés nacional y porque, además, nos sale de las pelotas hacerlo. Se le indica al embajador que al parecer hay determinados dossiers sobre él y sobre el propio Mohamed VI que podrían acabar filtrados y se le recuerda que nos vamos a fumar las leyes que haga falta fumarse y devolver en caliente a todos los invasores que nos mande su majestad.

Cuando el embajador se está marchando se le indica que cualquier atentado terrorista en España traerá consecuencias para el monarca alauita y además acarreará un acercamiento mayor a Argelia, al Frente Polisario y a quien nos, de nuevo, salga de las pelotas. A la vez que se hace esto se da escolta con la Armada a los pesqueros canarios y andaluces por las aguas saharauis y de paso se apresa a todo traficante de seres humanos, y si huyen se dispara hasta hundirles. Acompañas esto de una política de cero tolerancia respecto a la colaboración mafiosa entre ONGs y traficantes de ilegales y en paralelo muestras el apoyo expreso de España a los líderes de la oposición a la dictadura marroquí.

En el caso de Ghali, estaba claro desde el minuto uno que el asunto iba a trascender porque el espionaje marroquí está al cabo de la calle de los movimientos de quienes consideran sus enemigos y además opera en España a través de una tupida red de mezquitas, imanes y colaboradores entre la población marroquí en nuestro país. Todo lo que no fuera ir de frente y con una cierta dosis de testiculina significaba mostrar debilidad y sentimiento de culpa; que es exactamente el mensaje que nuestra diplomacia de melindrosos patológicos mostró.

La insignificancia de la inexistente política exterior española la puede oler hasta un enajenado mental como Joe Biden. El presidente de EE.UU. podrá olvidarse del nombre de Obama o confundir a su nieta con su hijo difunto, pero aún así es aún es capaz de distinguir a un mindundi gilipollas (pedro sánchez) con el que no quiere reunirse.

En política exterior cuantas más bazas puedas jugar mejor será tu posición. Debes jugar con buenas cartas y no a base de dinero o de regalitos en forma de vehículos para el ejército o las fuerzas de seguridad de un país abiertamente hostil como es nuestro tradicional “amigo” del sur.

Claro que hay mierda y elementos de coacción que Marruecos, y todos los países, acumula y puede emplear como amenaza. El reino de Mohamed VI dispone de información delicadísima sobre políticos en activo y ex-políticos españoles que a buen seguro no duda en emplear para tapar bocas y torcer voluntades. España debería, en pro de sus intereses, acumular tanta o más mierda de las autoridades marroquíes y apretar fuerte las pelotas del dentista alauita para sin dejar de sonreír decirles “¿verdad que no vamos a hacernos daño?”

No es normal que nos abstengamos de prospectar nuestras aguas jurisdiccionales canarias en busca de hidrocarburos para no soliviantar a un niñato gordo y malcriado llamado Mohamed. Estas cositas son intereses estratégicos, y estas decisiones acaban afectándonos en el bolsillo a todos los españoles vía recibo de la luz.

Pero es fundamental tener muy claro que los intereses nacionales están muy por encima de los intereses personales aunque esta persona sea el Rey, un ex-presidente de gobierno o el directivo de una empresa que invierte en Marruecos. Si estos deben caer, que caigan. Si los intereses estratégicos españoles chocan con los intereses de determinadas empresas españolas se sacrifican los segundos y no los primeros. Una empresa que invierte en un país que es una dictadura y que además tiene intereses de estado abiertamente confrontados con los de España, debe incluir esta circunstancia en su análisis de riesgos y asumir que la cosa se le puede torcer.

Si en el panorama internacional se te conoce por ser el hippie de la clase, el que paga rescates, el que arregla todo cediendo de su parte y el que no tiene claro cuáles son sus intereses es seguro que vas a ser el pringado al que todos arreen y le roben el bocadillo en el recreo. Nunca van a faltar matones.

Gran Bretaña llevó a cabo la ejecución de tres miembros del IRA en Gibraltar, en la denominada “Operación Flavius”, el 6 de marzo de 1988. Los tres presuntos terroristas entraron por España (aeropuerto de Málaga) y acabaron acribillados por la espalda, estando al parecer desarmados, por un comando del SAS del ejército británico. A Margaret Thatcher nadie se atrevió fuera del Reino Unido a pedirle explicaciones.

Durante la Guerra de las Malvinas, Thatcher exigió a François Mitterrand los códigos de sus misiles Exocet –Argentina acababa de hundir con uno de ellos el destructor Sheffield– advirtiéndole que de no hacerlo lanzaría una bomba atómica sobre Buenos Aires. No iba de farol, los cuatro submarinos nucleares británicos estaban en el Atlántico sur armados con misiles polares con cabezas nucleares. Los Exocet quedaron ciegos y sordos una vez que los franceses entregaron a los británicos las claves secretas (fuente Rendez-vous la psychanalyse de François Mitterrand del psicoanalista del entonces presidente de la República). Las Malvinas, que son indudablemente argentinas, eran para Thatcher un territorio a mantener a toda costa en defensa de sus intereses nacionales y sin duda supo apretar las pelotas adecuadas. A Margarita nadie le quitaba el bocadillo en el recreo.

Un país que se avergüenza de llamar destructor a un barco de guerra porque suena mal (las fragatas de la clase 100 y 110 o Álvaro de Bazán son destructores a imagen y semejanza de los destructores norteamericanos de la clase Arleigh Burke) es un país con complejos que le lastran. En 2008 en lugar de achicharrar a balazos en las aguas somalíes a los terroristas que secuestraron el pesquero Playa de Bakio, el Gobierno de España hizo de intermediario entre el armador del barco y los terroristas, para hacerles llegar 800 mil euros de rescate. Después tocó ver como los terroristas se iban a casita a disfrutar su botín. Lo mismo con el atunero Alakrana. Se pagan rescates, se emplea al CNI para hacer llegar la pasta, y las fragatas ven como los piratas de Allah se ríen de ellos sin poder disparar un puto tiro a esos hijos de puta. Diplomacia de pañal.

A los terroristas se les persigue y si no se les puede capturar se les abate sin piedad, es el único lenguaje que entienden y respetan. Y se hace empleando al ejército si hace falta, que para eso está. En Estados Unidos solo les faltan las palomitas para ver como desde drones destrozan a los terroristas o contemplar como los navy seals irrumpen en la casa de Bin Laden en Paquistán. Si un país u organización terrorista entienden que quien se la juega a otro país lo acaba pagando, se lo piensan antes de tocar las narices.

Durante la Guerra de las Malvinas, Thatcher exigió a François Mitterrand los códigos de sus misiles Exocet –Argentina acababa de hundir con uno de ellos el destructor Sheffield– advirtiéndole que de no hacerlo lanzaría una bomba atómica sobre Buenos Aires. No iba de farol, los cuatro submarinos nucleares británicos estaban en el Atlántico sur armados con misiles polares con cabezas nucleares.

Los intereses estratégicos de España no son gilipolleces perfectamente inútiles como controlar las emisiones de CO2 (no sirve para nada excepto para pagar más cara la luz y hacernos más pobres a todos) o lograr una sociedad libre de micromachismos aquí o en Djibuti. Nuestros intereses estratégicos, los de verdad, pasan por la defensa de y la supremacía en el eje Baleares-Estrecho-Canarias, por aumentar nuestra proyección económica, diplomática y militar en la Iberosfera de la que son también parte los EE.UU., en un triángulo cuyas aristas estarían en Tierra de Fuego, España y California. Nuestros intereses estratégicos como nación no están en la defensa de los Países Bálticos o en hostigar a los rusos en los Balcanes.

Nada se nos ha perdido en los Balcanes o en el Báltico a los habitantes de un península enclavada entre el Océano Atlántico y el Mediterráneo, frontera de Europa con el islam y con un patrimonio de más de 500 millones de hispanohablantes, donde 50 millones corresponden a ciudadanos de la mayor superpotencia del planeta (hasta que China les avasalle). Nuestros intereses reales están hacia el sur y sobre todo hacia el oeste.

Con Europa buenas palabras, buenos gestos, excelentes relaciones comerciales y buenas intenciones, pero dejar los temas del centro y el este de Europa para los que tienen intereses en esos asuntos: Alemania, Rusia y en menor medida Francia. Con el Magreb jugar bien las cartas para sacar partido, en nuestro interés, de dos naciones enemigas entre sí y vecinas: Marruecos y Argelia; y siempre remando en favor de la segunda que es la que nos proporciona el gas y poniendo zancadillas amistosas a la primera. Una de las cosas que España debe tener encima de la mesa y siempre a punto, es un plan para desestabilizar a la monarquía alauita por fases. Con América nuestros intereses deberían empujarnos a volcarnos en todo tipo de iniciativas trasatlánticas que vayan más allá de la lengua y la hermandad: alianzas militares, alianzas científicas y tecnológicas, acuerdos comerciales ventajosos y organismos supranacionales hispanos con capacidad de influencia a nivel mundial.

En general cualquier cosa que hagamos si disgusta a las diplomacias marroquí, francesa y británica, es que nos conviene y vamos por el buen camino. Pero en lugar de perseguir nuestros intereses de estado, perseguimos tener a todos nuestros enemigos, sean aliados o no, contentos y apaciguados. En España la política exterior es la política de los intereses particulares y partidistas de gentuza como Pedro Sánchez, una ovejita porculera barata, ignorante y presumida.

Volviendo al chiste del dentista con el que arrancaba este artículo, en nuestro caso es el dentista quien a los españoles nos aprieta las pelotas y nos saca las muelas estando maniatados, mientras nuestros políticos esperan en la sala contando los billetes.

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