jueves, septiembre 23, 2021
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Queman libros en los colegios. Fahrenheit 451, Canadá

La única actitud que podemos mostrar hacia los que se dedican a censurar todo lo que no les gusta, es el desprecio y mandarles, descaradamente y de frente, a la mierda

En 2019, el consejo escolar de lengua francesa Conseil scolaire catholique Providence, que supervisa las escuelas de primaria y secundaria en el suroeste de Ontario, llevó a cabo una «ceremonia de purificación con fuego».

Libros de Tintín, de Asterix y Obelix o de Lucky Luck fueron quemados en el ritual de purificación para congraciarse con los habitantes indígenas de Canadá.

El Conseil scolaire catholique Providence, no hizo pública la ceremonia, pero los detalles sobre el evento han salido a la superficie durante la presente campaña electoral. El 20 de septiembre el apuesto dictador canadiense Justin Trudeau, busca la reelección en un país en donde a pesar de que más del 99% de los medios son públicos, y muy progremonguers, hay serias posibilidades de que pierda.

La responsable de comunicación de este consejo escolar (agrupa a más de 30 colegios), Lyne Cossette, ha comentado al respecto de este ritual, que «fue un gesto de reconciliación con las Primeras Naciones y un gesto de apertura hacia otros grupos representados en el distrito escolar y en la sociedad» y también justificó la quema de libros porque «su contenido era obsoleto e inapropiado».

Cossette también declaró a una emisora de radio que lamenta el hecho y que revisará el proceso para retirar los libros que considere perjudiciales para los pueblos indígenas. Es decir que la muy jodida solo se arrepiente de las formas, de quemar libros –seguramente porque les han pillado–, y no del fondo, hacerlos desaparecer.
Otra progremonguer canadiense Suzy Kies, que se autodefine como «custodia del conocimiento indígena», sí defendió la quema de los libros, diciendo que «la gente entra en pánico por la quema de libros, pero estamos hablando de millones de libros que tienen imágenes negativas de los pueblos indígenas, que perpetúan los estereotipos, que son realmente dañinos y peligrosos».

Kies, quien se describe a sí misma como «una mujer indígena urbana de ascendencia Abenaki y Montagnais», milita en el partido de Justin Trudeau y es copresidente de la «Comisión Aborigen». Esta empoderada bruja boreal ha dimitido hace pocas horas de su cargo cuando los propios indígenas canadienses han mostrado sus dudas acerca de su ascendencia aborigen.

Si se trata de no ofender a nadie la única solución pasa por quemar TODOS los libros, porque siempre habrá quien se ofenda o sufra, incluso si es un tebeo de La Patrulla Canina (no es coña, La Patrulla Canina ha sido acusada de poca diversidad).

No hay ningún pretexto que justifique censurar libros, ya sea quemándolos o retirándolos de las estanterías en secreto, está mal y punto. Que la gente lea lo que le venga en gana es algo que no pueden entender las almas autoritarias de cualquier ideología. Si a alguien le apetece quemar libros que no le gustan, porque están «obsoletos», son «inapropiados» o «representan de forma irrespetuosa a ciertos colectivos«, en lugar de hacerlo con libros que no son suyos, como los de estos colegios, debería comprárselos y hacer una barbacoa en su casa. Si buscan libros obsoletos e inapropiados tengo uno en mente que seguro que no tienen cojones de quemar en público.

El 23 de enero publiqué un extenso artículo titulado Fahrenheit 451. El GAFTA te prohíbe que leas esto en el que trazaba similitudes entre la actitud de las grandes empresas tecnológicas hacia la libertad de pensamiento y el mundo distópico que Ray Bradbury dibuja en su excelente novela Fahrenheit 451.

En la novela de Bradbury la única función que tienen los bomberos (es un mundo con casas ignífugas) es quemar libros. Todos los libros excepto los manuales para hacer cosas.

En un pasaje de la novela una personaje llamada Beatty le cuenta al protagonista de la novela, un bombero llamado Montag que:

«(A los bomberos) se les dio un nuevo trabajo, como custodios de nuestra tranquilidad, el foco de nuestro comprensible y legítimo horror a ser inferiores; censores, oficiales, jueces y ejecutores»

Beatty prosigue «A la gente de color no le gusta Little Black Sambo. Quémalo. Los blancos no se sienten bien con la cabaña del tío Tom. Quémalo. ¿Alguien ha escrito un libro sobre el tabaco y el cáncer de pulmón? ¿La gente de los cigarrillos está llorando? Quema el libro.»

Lo que imbéciles sectarios como Lyne Cossette, Suzy Kies o su obispo Justin Trudeau promueven, se llama censura; lo que Google, Twitter, o Facebook hacen cuando te acogotan por tus ideas cancelándote una cuenta o restringiendo el alcance de tus ideas, es también censura; y el mundo de Fahrenheit 451 (la temperatura a la que arde el papel expresada en la escala Fahrenheit) es nuestro mundo novelado en forma de alegoría.

Si te gusta quemar libros cómprate el mío y quémalo, úsalo para envolver tu bocata o para limpiarte el culo y vuelve a pedirte otro ejemplar. Y también lo puedes leer:

La censura siempre se ejerce con la excusa de proteger las mentes y los sentimientos de los «colectivos» (esas cosas que no existen) y siempre a costa de joder al individuo machacando su derecho a leer lo que le apetezca. Si alguien se ofende leyendo un comic de Tintín o uno de Lucky Luck tiene muchas otras cosas que leer y también puede hacer ganchillo.

No es obligatorio leer Asterix y Obelix, y debe darnos igual que a alguien le parezca ofensivo lo que René Goszinni y Alberto Uderzo escribieron o dibujaron en los años 60 o 70. Cuando de niño leía mis ejemplares de Asterix y Obelix, yo iba con los romanos y me cabreaba que siempre los galos de la aldea irreductible se salieran con la suya, pero no me ofendía. Tenía 7 años, tal vez menos, y era capaz de entender perfectamente que lo que estaba leyendo era un comic. Como también sabía más cosas, y podía preguntar, era capaz de comprender que los romanos a los que apalizaban en las aventuras de los galos no eran así, y tampoco los galos eran invencibles.

La única actitud que podemos mostrar hacia los que se dedican a censurar todo lo que no les gusta, es el desprecio y mandarles, descaradamente y de frente, a la mierda. Sin contemplaciones, para que sepan que los que tenemos razón en defender nuestras libertades, despreciamos lo que hacen. Como decía en mi artículo de enero:

¡Que les follen a los sentimientos de quienes con 30, 40, 50 o 60 años se ofenden por leer puntos de vista distintos! Quien tenga la piel tan fina como para que cualquier desafío a sus cuatro ideas mal fundamentadas le escueza debería limitarse a ver programa de humor como los informativos de La Sexta o de la CNN.

Si cada 50 años quemáramos todos los libros que a ojos del pensamiento hegemónico de cada época, fueran inapropiados u obsoletos toda la literatura clásica de todas las culturas sería borrada y viviríamos en una caja de resonancia con un eco monótono, donde solo podríamos leer las opiniones bendecidas por la curia que toque en cada momento. Yo como aborigen español no me ofendo si me caricaturizan como un torero o como un tipo que duerme siestas de 3 horas, me da lo mismo porque sé distinguir entre el tópico o lo que soy.

Pondré un ejemplo. Cuando leo que la Inquisición española era terrible, en lugar de ofenderme, lo que hago es documentarme empleando distintas fuentes, para acabar descubriendo que la Inquisición se llevó en 350 años la vida de 3000 personas (9 por año), que la gente prefería ser juzgada por un tribunal del Santo Oficio antes que por la justicia ordinaria de cualquier estado, y que en la Mesoamérica enseñoreada por los aztecas se sacrificaban a los dioses entre 15 mil y 250 mil personas al año. No pido que se quemen los libros que cuentan mentiras sobre los españoles, escribo para que mis ideas y los datos lleguen a más gente y que cada cual se forje su opinión. Creo contenido y expongo mi punto de vista, los datos constatables y mi análisis para que compitan con otros puntos de vista y otros análisis y no suplico que silencien a quien no pina como yo.

Creo que los indígenas canadienses son por lo general gente con capacidad de razonar y de contar su historia, que seguro que la conocen mejor que sus autoproclamados protectores. Los indígenas canadienses, congéneres homo sapiens, pueden hacer como hago yo, contar su historia y su punto de vista, sin necesidad de que unas brujas histéricas se valgan de la excusa de «protegerles» para censurar y quemar todo lo que para sus obtusas mentes es «inapropiado».

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