jueves, septiembre 23, 2021
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Insuperable paradoja: «Queremos trabajar como los hombres bajo la ley islámica»

Es como reclamar tu derecho a comer chorizo bajo la Ley Vegana, un puro sinsentido.

Pedir poder trabajar como los hombres bajo la ley islámica es el equivalente a reclamar tu derecho a irte de vacaciones estando en la cárcel. Hay tontos de sobra.

Este viernes un grupo de mujeres se concentró en Kabul para demandar que las mujeres formen parte de la administración talibán incluso en puestos ministeriales. También han reclamado poder trabajar igual que los hombres… bajo la Ley Islámica.

Lo primero que quiero es mostrar mis respetos por el valor y el coraje de estas mujeres y lo escribo sin atisbo alguno de ironía. Mis aplausos por el arrojo de estas mujeres. También es importante resaltar el pedazo de disonancia cognitiva que padecen estas valientes señoras. Puedes estar a favor de la ley islámica o a favor de la igualdad de derechos de hombres y mujeres, pero lo que es imposible es estar a favor de dos cosas que se excluyen entre sí. Es como reclamar tu derecho a comer chorizo bajo la Ley Vegana, un puro sinsentido.

La única manera de que una mujer pueda trabajar como un hombre bajo la lay islámica es convirtiéndose en hombre.

Si reclamas tener los mismos derechos laborales que un hombre, debes entender que eso es imposible bajo la ley islámica. O eliges igualdad de derechos o eliges islam, las dos cosas a la vez no pueden ser. En el islam no hay igualdad, los hombres son superiores a las mujeres y los creyentes están por encima en derechos sobre los infieles,y a su vez los creyentes son esclavos de Allah (que no hijos).

La Ley Islámica, la Saharia, que en Occidente desconocemos casi por completo, es un compendio de jurisprudencia que emana del Corán, los hadizes y la Sunna, en el que se recoge absolutamente de todo: como terminar de orinar, qué tipo de tintes de pelo están permitidos, cómo circuncidar a las mujeres, qué tipo de vasijas deben emplear las mujeres para «purificarse» cuando tengan el periodo, etc. La Sharia te cuenta que las mujeres pueden llevar joyas de oro y los hombres no, que la seda está prohibida para los hombres… o que no puedes tener un pie delante de otro al rezar, y así con todo.

Para quienes quieran bucear en este tratado de misoginia y sinsentido llamado Sharia, aquí les dejo la traducción al inglés del mayor compendio de ley islámica titulado «Confianza del Viajero» (Reliance of the Traveller):

Podríamos perdernos (pero no lo haremos) adentrándonos en el bosque de normativas y detalles de la jurisprudencia islámica (fiqh) y los apasionados debates entre sus cuatro escuelas (Hanafi, Shafi, Maliki and Hanbali) acerca de por qué es más piadoso mear sentado que hacerlo de pie, por qué es mejor entrar al baño con el pie izquierdo, o sobre la manera más apropiada de sacudirse el pene o limpiarse la vulva después de mear. Es un mundo apasionante y hay foros en internet dedicados a arrojar luz sobre estos temas y a dar consejo a los fieles, no sea que vayas al infierno a poco que te descuides y orines en el sentido de la Quibla (la orientación hacia la Meca).

Espero haber abierto el apetito de los lectores por conocer más sobre la Sharia, lo cual es muy sano y conveniente para atizar zascas a los que hablan de no sé qué religión de la paz; pero este artículo va sobre una frase absurda: «queremos trabajar como los hombres bajo la ley islámica», así que vamos al toro.

Hasta el imán de la mezquita más recóndita del Atlas sabe muy bien y podría contarte que las mujeres son inferiores a los hombres y que deben ser obedientes a su guardián (wali), que es su marido si están casadas, o un mahram de su familia cuando no lo estén (normalmente el padre o hermanos). Las mujeres en el islam precisan el permiso de su wali para salir a la calle, hablar con alguien o para trabajar; los hombres no. Por tanto, como ya dije antes, si una mujer quiere trabajar como los hombres bajo la ley islámica solo necesita una cosa: ser un hombre.

«Los hombres son los guardianes de las mujeres, ya que Allah ha sido más generoso con unos que con otras, y por lo que (los hombres) gastan de su riqueza. De modo que las mujeres justas serán obedientes y, en ausencia (del marido), estarán atentas, porque Alá está atento. Y si temes su desobediencia, adviértela, mándala a la cama y golpéala. Pero si obedece no busques más culparla» (Corán 4:34).

En el caso de que el marido sea generoso y permita a su mujer todo lo que esta le pida, como poder trabajar, le ocurrirán dos cosas:

1.- Será considerado un blando. Los maridos musulmanes demasiado permisivos son automáticamente etiquetados como «planchabragas» por la jurisprudencia islámica y así en «Confianza del Viajero» podemos leer que:

«Los hombres están destruidos cuando obedecen a las mujeres» (Sharia).

2.- Será considerado un inútil. Porque es tarea del marido y no de la mujer la de proveer para la familia.

Supongamos que el marido da permiso a su mujer y lleva con dignidad su condición de calzonazos planchabragas entre la comunidad de creyentes. En ese caso la mujer liberada podrá salir a la calle bien tapadita, con su burka si vive en Afganistán, para irse a trabajar. ¿Trabajar de qué? Muy buena pregunta. Para empezar no podrá trabajar en nada donde tenga colegas masculinos cerca y menos aún si debe hablar con estos. Y es que la voz de una mujer es una incitación a la lujuria. Ya se sabe, oír a una mujer pedirte la grapadora y acabar en el archivo con el burka por montera son cosas que van de la mano, lo uno lleva a lo otro, o al menos así lo veía un ladrón de caravanas del siglo VII.

Bajo la ley islámica no se contempla que una mujer llegue a un puesto de jefatura en el que tenga hombres a su cargo, algo absolutamente disparatado y haram (pecado). Y que una mujer pueda llegar a presidir un gobierno choca contra las recomendaciones del propio Mahoma.

«Cuando el Profeta escuchó la noticia de que la gente de Persia había hecho de la hija de Khosrau su Reina (gobernante), dijo: ´Nunca tendrá éxito una nación que haga de una mujer su gobernante´» (Sahid Bujari 7099)

Si se trata de prestar testimonio, el de una mujer vale la mitad que el de un hombre, lo cual en un entorno laboral es bastante negativo para las mujeres, porque su jefe o sus compañeros pueden acusarle de lo que les venga en gana y el testimonio de ella es una fracción del de estos.

Lo mismo para heredar, a ella le corresponde la mitad que a sus hermanos y además en Afganistán está muy bien considerado que la hermana ceda al hermano su magra herencia, porque al fin y al cabo un hombre sabe mejor en qué gastar el dinero que una pobre mujer. Ley islámica o igualdad de derechos laborales, las dos cosas no pueden darse a la vez. Lo siento, de verdad, chicas.

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