jueves, septiembre 23, 2021
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Libertad, un concepto iusnaturalista (I)

Uno de los conceptos más estudiados a lo largo de la historia del pensamiento occidental es el de la libertad. Y también es uno de los más manoseados, prostituidos y usados como ariete para imponer unas ideologías sobre otras.

Por invocación a la «libertad» se ha matado, saqueado, violado y violentado a los ciudadanos europeos con tanta eficacia, que es un milagro que todavía quede en el continente  humano alguno para contarlo. Pero, por la «libertad», también los europeos hemos pisado los confines del mundo matando, saqueando, violando y violentando a cuantos pueblos nos hemos cruzado. Y cuando se ha mezclado la «libertad» con la religión, y en nombre de ésta, cual fuera, hemos redoblado la apuesta.

Se le atribuye a Lenin una pregunta muy interesante al respecto del término libertad, que acaso sea lo único dicho con inteligencia que se pueda destacar del genocida. Me refiero a la anécdota que se cuenta sobre la visita a la Unión Soviética que en 1920 hizo Fernando de los Ríos, a la sazón diputado del Partido Socialista Obrero Español, y la consulta que le hizo a Lenin al respecto de cuándo tendrían libertad los ciudadanos soviéticos, a lo que el líder bolchevique respondió aquello de «¿libertad para qué?»

Hay que reconocerle a Lenin que ahí estuvo fino, aunque no porque pensase en el concepto de libertad como un fin supremo al que debía consagrarse, sino como un estorbo que debía ser eliminado.

¿Libertad para qué? Buena pregunta, que constituye una fuente inagotable de conflictos. También cabría preguntarse además de para qué, qué tipo de libertad. Porque no es lo mismo libertad política, libertad de acción o acción de libertad, por citar algunas de las existentes. Cuando hablamos de libertad, por cierto, no debemos olvidar que nos manejamos en el estadio de la política y su aplicación, y no en el de la filosofía, pues en el estadio de la filosofía toda definición puede ser tan válida como inútil. Los conceptos solo pueden ser probados como prácticos en su aplicación, y nunca por su idealismo.

En España, una de las mentes más brillantes que nos ha dado nuestra historia, en cuanto al pensamiento político y jurídico, D. Antonio García Trevijano ―(Alhama de Granada, 18 de Julio de 1927. Madrid, 28 de febrero de 2018)― nos dejó una ingente obra intelectual al respecto del estudio del concepto de libertad, sus múltiples definiciones y aplicabilidad. Durante años, D. Antonio expuso su amplio conocimiento en artículos, tertulias radiofónicas y debates televisivos, que hoy en día solo leemos, escuchamos o visionamos los nostálgicos de su obra, lo cual no constituye sorpresa alguna en un país donde se escupe sobre la memoria de los más brillantes al tiempo que se lanzan flores sobre toda suerte de mediocres y advenedizos.

El estudio, nos dice otra de las mentes más sobresalientes que tenemos en España, D. Antonio Escohotado, es no solo una fuente de placer intelectual, si no la defensa más efectiva contra toda suerte de totalitarismos, sectarismos y vendedores de humo. Pero en España se estudia poco y mal, de ahí que se manoseen los términos, se prostituyan las palabras y se degenere en lo filosófico.

La libertad, nos enseñó García Trevijano, que solo puede ser una, nos la muestran con múltiples caras. Hagamos un somero repaso de las enseñanzas del maestro, como ejercicio de sana admiración por mi parte, y de aprendizaje, si procede, para quienes no conozcan su obra. Tal vez, con un poco de suerte, alguna de esas personas que hablan de la libertad invocando espíritus benévolos puedan entender que incluso la definición aparentemente más sencilla, por no comprenderse bien, termina siendo vaciada de contenido. D. Antonio nos habla, lo aclaro, sobre la libertad política, que es a todos los efectos el lugar donde debemos circunscribir todo debate sobre ella. Así, escribía el 5 de noviembre de 2006, en su bitácora, un artículo titulado «Libertad de pensar», del cual rescato los siguiente:

La residencia de la libertad, como la del aire, no tiene puertas ni llaves. Cualquier persona con más poder físico que otra puede quitarle, por un instante, su libertad de decisión. Este instante de esclavitud se hace eterno, convertido en servidumbre voluntaria, si el poderoso tiene el monopolio legal de la violencia, es decir, la soberanía. Ninguna institución puede controlar, por definición, al poder soberano. Es él quien controla a las instituciones. ¿Pero quien es el verdadero soberano cuando los cuatro presuntuosos ―Real, Parlamentario, Nacional y Popular― son ficciones?

Aquí, D. Antonio nos advierte de algo que se suele pasar por alto cuando se habla de la libertad, y es que una cosa es el pensamiento ―el acto libre, el cual nadie puede interrumpir ni impedir― y otra la comunicación y el acto derivado del pensamiento ―la acción necesaria para que el pensamiento tenga valor―. Al respecto del derecho natural, iniciaba el jurista un artículo fechado el 17 de noviembre de 2006  titulado «Derecho natural republicano» del siguiente modo:

«Con los conocimientos científicos de la evolución natural de las especies, parece imposible creer que pueda haber contradicción entre determinismo y azar, o entre Naturaleza y libertad. Si, antes de Darwin, unos humanistas prodigiosos extrajeron de la materia universal derechos universales iguales, ¡cómo no va a ser posible deducir la acción política de libertad, la propia libertad, de la naturalidad de los pueblos, de sus pasiones «liberistas» en igualdad de derechos naturales!»

«Mientras se pensó que el mundo estaba creado, ordenado y sostenido por una causa sobrenatural, no se podía imaginar siquiera que los seres humanos pudieran regularse a si mismos mediante derechos naturales. Del derecho divino y de su orden providencial emanaba el derecho natural de los reyes a regir el destino de sus pueblos».

Para más adelante escribir lo siguiente:

«Del mismo modo que los «iusnaturalistas» republicanos revolucionaron la concepción de los derechos naturales, basándolos en la hipótesis antropológica de una misma razón universal de los individuos, la revolución científica operada en las ciencias de la naturaleza obliga a distinguir los derechos naturales que afectan a la supervivencia de la especie humana, y los derechos naturales para el mejor estar de los individuos. Pues la razón natural de aquella determina y gradúa la extensión y la intensión de la razón natural de estos. Y hay razón suficiente para sostener que la lealtad a la especie, fundamento de la ecología y de la República, ocupa el primer rango en los derechos naturales, percibidos hoy no por la razón natural, ni por la técnica jurídica, sino por la razón científica».

Como podemos comprobar, la pregunta ¿libertad para qué? no constituye más que un atajo para negar el derecho natural del hombre a regirse por sí mismo; a hablar por sí mismo y a representarse a sí mismo. Pero el problema, como bien nos señala Trevijano, es que no basta con apelar al iusnaturalismo para ejercer un derecho tan pisoteado desde los poderes establecidos, porque estos, con la habilidad del trilero nos han engatusado ofreciéndonos espejitos con forma de «libertad legal», de tal modo que hemos cambiado libertad por legalidad, y es necesario que aprendamos a distinguir lo uno de lo otro. A este respecto, con fecha de 11 de enero de 2007, en su artículo «Paradojas de la libertad» escribía lo siguiente:

«Sabemos muy bien lo que son derechos políticos personales ―derecho de voto, derecho de información, derecho de asociación política―, y que estos derechos políticos no constituyen actos de libertad política, porque no son fundadores de la libertad, ni de sus fundamentos últimos, sino actos de sujeción a modales liberales de servidumbre voluntaria».

La servidumbre voluntaria, y no la libertad es lo que hace al hombre actual europeo vasallo sin soberano definido:

«La soberanía es un concepto obsoleto desde que la libertad y la democracia exigieron, como condición de existencia, la división de los poderes estatales. La soberanía popular es ficción infamante para los gobernados, de la que los gobiernos resueltos se sirven para destruir, con el aplauso de mayorías ignorantes, los valores de la excelencia que crea libertad».

Antonio García Trevijano.

«La libertad, Sancho, es uno de los más preciosos dones que a los hombres dieron los cielos; con ella no pueden igualarse los tesoros que encierran la tierra y el mar: por la libertad, así como por la honra, se puede y debe aventurar la vida». (Miguel de Cervantes)

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Gallego Reyhttp://www.gallegorey.com
"Escritor disléxico. Editor de bajos fondos. Enemigo íntimo de mí mismo. No soy de fiar. Ironía antes que sarcasmo"

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