jueves, septiembre 23, 2021
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¿Qué es ser «políticamente correcto»? Me alegra que me hagas esa pregunta

Se trata de lograr que todo lo que se salga de la realidad progremonguer se convierta en malo. si no piensas como debes no es que pienses distinto sino que eres algo de fascista para arriba.

Ser políticamente correcto es «renunciar a tu propio criterio para conseguir la falsa aceptación de una mayoría de imbéciles». Nunca he visto una definición más sintética y acertada de esa enfermedad mental llamada corrección política.

Encontré la acertadísima viñeta que ilustra este artículo en el perfil de una amiga de Twitter y me di cuenta al instante de que la frase condensa en 15 palabras las 200 páginas de mi libro Homo Correctensis.

Te traigo un extracto del libro en el que explico para qué sirve la corrección política patológica:

«Quienes asumen que lo que se define como políticamente correcto en cada tiempo y lugar es un manual con el que conducir sus vidas, y generalmente medrar compensando su falta de talento, castran sus mentes a cambio de dosis permanentes de serotonina que emanan de la fuente de la aceptación social».

«El pensamiento políticamente correcto es una guía para perezosos mentales, un género de bípedo muy abundante.  Con este manual de verdades impostadas se conducen por la vida gentes que buscan aparentar ser modernos y progresistas pero cuya intelectualidad ´pret-a-porter´ correctensis es superficial y no aguanta una crítica medianamente razonada».

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Abrazar la corrección política entraña un intercambio entre el poder y el individuo. El individuo entrega su facultad de cuestionarse las cosas y de formarse un criterio a través de su capacidad racional. Renuncia a buscar, contrastar y evaluar información porque eso cansa. A cambio el poder le otorga, al sujeto que se bautiza en esta religión tóxica, un pasaporte y un manual con respuestas simples, sin substancia, pero que permiten al nuevo borrego integrarse en el rebaño de los supuestamente «buenos».

El poder por su parte, al acrecentar las cabezas de ganado lanar de su rebaño borreguil, aumenta el volumen de la caja de resonancia donde se escucha un eco uniforme cada vez más unánime. El Poder logra que los cambios que persigue no sean cuestionados mas que por unos pocos. Logrando que el corral de los que se manejan a través de consignas sea cada vez mayor se crea la sensación de que los pocos que aún ponemos en jaque la ortodoxia, los dogmas, de esta neo-religión pagana, seamos etiquetados con todo tipo de adjetivos al uso (facha, fascista, transfóbico, negacionista de tal o cual cosa, nazi, machirulo, racista).

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El libro que todo progre teme que leas: Homo Correctensis

(El regalo ideal para el cumpleaños de alguien que te caiga mal)

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Lo que está ocurriendo es que los «malditos» estamos empezando a ponernos las etiquetas por montera y los insultos nos los colgamos como medallas. Nos hemos dado cuenta de que discutir con zombies preprogramados sobre si somos o no fachas o cómo de nazis somos, es un debate estéril, lo mollar está en arramplar con los dogmas del correctismo político negando la propia realidad inventada en la que se asientan esos dogmas (teoría de género o queer, feminismo 3.0, cambio climático 100% antropogénico, multiculturalismo, relativismo cultural, teoría crítica de la raza, etc.). En eso estamos los cimarrones librepensantes, cosechando muchos éxitos y vacunando a muchos que van saliendo del armario. Una vez aparcados los complejos y los miedos a que nos digan lo malos que somos nos centramos en demoler los dogmas progres cubiertos de etiquetas que nos la traen floja.

En su religión, negar cualquiera de sus dogmas y que te crezca un bigotito de Hitler y te entren ganas de invadir Polonia (como decía Woody Allen que le pasaba cuando escuchaba a Wagner) son cosas casi simultáneas, que van de la mano.

Somos cada vez más los que inmunizados contra los intentos de ofendernos o desacreditarnos con insultos, que ya nos resbalan y dan la risa, y armados de datos, argumentos y sentido del humor, nos atrevemos a decir obviedades palmarias como que hay civilizaciones mejores que otras; que no todas las religiones son igualmente buenas; que hay culturas que nos gustan más que otras; que se puede ser de cualquier raza y ser racista; que hay que valorar a la gente por su carácter y sus logros más que por su piel, su sexo o con quién se mete cada cual en la cama.

En mi libro dejo claro que en un mercado abierto de ideas en el que se empleen los razonamientos y los datos, dejando al margen los sentimientos y aparcando los tabúes progremonguers, los postulados del correctismo político se deshacen como un azucarillo. En Homo Correctensis lo explico así:

«Si la cultura del individualismo y el mercado libre de ideas prospera siempre será en detrimento de la artificial realidad correctensis. En igualdad de condiciones lo políticamente correcto no tiene ninguna posibilidad de medrar porque el mundo correctensis es una entelequia que no resiste ser confrontada con la realidad factual. Conscientes de esta debilidad, los evangelizadores del Pensamiento Único no solo necesitan predicar su fe artificial, también deben proteger a sus rebaños de la auténtica realidad y seguir diciéndoles que el emperador lleva un traje precioso cuando en realidad está completamente desnudo».  

El dogma de que hay un número tendente a infinito de géneros, por poner un ejemplo, aguanta menos, sin deshacerse, al ser confrontado con la realidad empírica y la propia ciencia, que Drácula tomando el sol en un campo de ajos. Los que se ocupan de parir estas disparatadas ideas son conscientes de que la única manera de que no sean tomadas a chota es que el debate se juegue en el terreno de los sentimientos y que quede claro que no aceptar estos dogmas es algo malo, algo que ofende, hace pupa.

Se trata de lograr que todo lo que se salga de la realidad progremonguer se convierta en malo. Si no piensas como debes, no es que pienses distinto, sino que eres algo de fascista para arriba. Los sumos sacerdotes de esta secta correctensis se han empeñado en ampliar las fronteras de conceptos objetivamente condenables (fascismo, nazismo, racismo,…) para que quepa en ellos cualquiera que se salga de sus coordenadas totalitarias. En EE.UU. un negro que se declara cristiano y dice tener valores familiares puede tranquilamente esperar que le llamen supremacista blanco o nazi. En su religión, negar cualquiera de sus dogmas y que te crezca un bigotito de Hitler y te entren ganas de invadir Polonia (como decía Woody Allen que le pasaba cuando escuchaba a Wagner) son cosas que van ayuntadas.

El argumento máximo y más sesudo de la corrección política, y su última línea de defensa ante la realidad, podría resumirse con una frase: «todo el que no piensa como yo es Hitler».

El truco es muy sencillo, se suelta la idiotez que más útil sea para el poder (no son cosas al tuntún sino que buscan dividir a la gente en grupitos tribales), se dice que esa idea constituye un avance en los derechos y libertades de un grupito y se deja claro que criticar esa idea es algo ofensivo, algo inhumano,… un «delito de odio». Nos están diciendo algo así como «quien se meta con mi niño invisible es alguien muy malo», y todos queremos ser buenos y aceptados, bee, bee.

Lo del delito de odio tiene su guasa por dos motivos. El primero porque, hasta donde yo sé, odiar no es un delito, como tampoco lo es tener manía a las acelgas. El segundo porque criticar algo que encuentras no solo malo sino también falso no es odiarlo sino simplemente emplear la lógica. Pero emplear la lógica será pronto un delito de odio si con eso se protegen de la crítica las chuminadas que vayan surgiendo de la fábrica correctensis.

Para combatir los dogmas progremonguers hay que tener claras dos cosas:

1.- El derecho de la gente a ofenderse está muy bien, es enternecedor mostrar los sentimientos, pero que alguien encuentre ofensivo lo que dices no es un argumento ni zanja ninguna cuestión. Ofenderte no te da la razón.
2.- No tienes que «respetar todas las ideas». No es obligatorio respetar una mierda las ideas. Las ideas no nacen con un certificado de respetabilidad. La respetabilidad de las ideas se gana mediante los argumentos y la puesta en práctica de las mismas. Por eso el comunismo no es respetable. Puedes respetar las ideas que te de la gana respetar. El respeto es hacia el derecho de cualquiera a tener ideas, expresarlas y defenderlas. Si alguien se ofende por que no respetas sus ideas ve al punto anterior

¿Qué gana la gente subiéndose al carro arcoiris de la corrección política? ¿Qué se obtiene al «renunciar a tu propio criterio para conseguir la falsa aceptación de una mayoría de imbéciles»? Pues no pocas cosas, reconozco que es algo muy práctico si logras anestesiar tu sentido del ridículo y tu inquietud por buscar cierta consistencia intelectual. Siendo un correctensis (como hablo en mi libro) a nivel ideológico e intelectual funcionas con el piloto automático. Solo debes tirar del manual de consignas progremonguer, disponible en todos los medios de comunicación y redes sociales a todas horas, para dar tu «opinión» sobre cualquier asunto de calado, le añades un emoticono o un meme y te quedas esperando las palmaditas en la espalda. Los correctensis pueden hablar más libremente que los disidentes porque las ideas que tomaron prestadas (y que ni siquiera entienden en muchos casos) son, por supuesto, correctas. Tener carné de progremonguer te autoriza para tildar de facha y todo-lo-que-se-menea-fóbico a quien te lleve la contraria porque tienes permiso de papá Poder para insultar a los «malos».

Ser correctensis, incluso sin creerte una mierda de lo que diga el manual, te abre la puerta de todo un ecosistema de empresas (lameculos del Poder) que son un mazo inclusivas, tope diversas, sostenibles que te cagas y con su toque de resiliencia… y todas con sus logos arcoiris un mes al año y el rosco de los ODS (Objetivos de Desarrollo Sostenible). Ese rosco de 17 colores, uno por cada objetivo, donde ninguno de ellos habla de algo como democracia o libertad; nada de extrañar viniendo de ese club de dictaduras llamado la ONU.

Una cosa divertida de los correctensis es que tienen la impresión de ser unos modernos, algunos hasta se creen anti sistema, que están en la vanguardia y que luchan por cambiar las cosas a pesar del poder establecido. No se percatan que el poder establecido (Google, Facebook, Banco Mundial, ONU, Foro de Davos, Microsoft, toda la banca, Amazon, Twitter, el FMI, 99% de los partidos políticos, y el 90% de la lista de billonarios de la revista Fortune por citar unos pocos) es quien empuja esos discursos y busca lograr esos cambios (por el bien de ellos que no el de sus peones) que los correctensis de infantería defienden con su catecismo en la mano.

Yo querría ser correctensis pero no me sale. Perdón.

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La mentira tiene las patas muy cortas y poca fuerza, y por eso necesita ser protegida por los cabrones que nos gobiernan

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