jueves, septiembre 23, 2021
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Pedro Castillo el maestro ciruela comunista con sombrero y la Capacocha

Según Pedro Castillo, el nuevo presidente comunista (confeso) de Perú, América del Sur era Disneylandia hasta que llegaron los españoles malos ¿Le suena la Capacocha a este cenutrio disfrazado de champiñón?

Hay un refrán castellano que le va que ni pintado al comunista de ala ancha Pedro Castillo: El maestro ciruela que no sabía leer y puso escuela.

Castillo, que se vanagloria de ser maestro hasta el punto de que el logo de su partido es un lápiz, dijo durante su discurso de toma de posesión:

«Durante cuatro milenios y medio, nuestros antepasados encontraron maneras de resolver sus problemas y de convivir en armonía con la rica naturaleza que la providencia les ofrecía. Fue así hasta que llegaron los hombres de Castilla, que con la ayuda de múltiples felipillos y aprovechando un momento de caos y desunión, lograron conquistar al estado que hasta ese momento dominaba gran parte de los Andes centrales»

Vamos a sacudirle con la regla de madera en el trasero al profe Castillo, disfrazado de champiñón, por no haber atendido en clase de Historia, pero antes vamos a ponerle un suspenso en la asignatura de lógica. Si el maestro comunista empieza diciendo que durante 4.500 años sus antepasados (alguno habrá español pero esos mejor ni mentarlos) «resolvían sus problemas y convivían en armonía con la rica naturaleza» y termina la frase diciendo que los hombres de Castilla (que se mire el apellido) aprovecharon un momento de «caos y desunión», hay algo que no termina de encajar ¿Llegaron los españoles en el único momento de caos después de 4.500 años en modo Paraíso Terrenal? ¡Joder qué casualidad y que suerte tuvo Pizarro! Porque si resolvían sus problemas –luego veremos cómo– y convivían en armonía, no es posible que a la vez hubiera caos y desunión a menos que fuera justo la primera vez que hubo tal caos, mira tú por donde. Preguntas fachas que uno se hace.

Vamos a sacudirle con la regla de madera en el trasero al profe Castillo, disfrazado de champiñón, por no haber atendido en clase de Historia, pero antes vamos a ponerle un suspenso en la asignatura de lógica

¿Cómo resolvían sus problemas los incas hasta que llegó por allí Francisco Pizarro? Pues uno de sus métodos favoritos era la práctica de la capacocha, que consistía en matar cientos de niños para «resolver» asuntos. Entre estos asuntos que se solucionaban asesinando niños había de todo: sequías, celebraciones por el ascenso al poder de un nuevo Inca, enfermedad del Inca, malas cosechas, desastres naturales.

Además de una ofrenda a sus dioses, los incas realizaban este ritual asesino como medio de control social ya que involucraba un sometimiento de los pueblos conquistados a las nuevas costumbres religiosas incas. Los territorios conquistados (mediante guerras, así se «resuelven» las conquistas) proveían de niños de alrededor de 7 años para ser sacrificados.

En el ritual de la capacocha los niños eran narcotizados con coca y chicha (maíz fermentado) hasta quedar profundamente dormidos… y luego eran rematados con un golpe en la cabeza, asfixiados, estrangulados o enterrados vivos mientras dormían drogados.

Los incas solían elegir a los hijos de caciques de los pueblos sometidos al imperio. Aproximadamente un año antes del asesinato ritual, se procedía a elegir a los niños y niñas por todos los rincones del imperio para llevarlos a Cuzco. Entre los preseleccionados se escogía a los mejores niños (el propio Inca solía ocuparse de eso) que vivían un año a la espera de ser sacrificados por cualquier motivo. Así se resolvían las cosas. Centenares de niños viajaban largas distancias en dirección a Cuzco donde el Inca presidía las ceremonias de de selección de niños y niñas para la muerte. Decenas de infantes vivían unos meses sabiendo que serían sacrificados.

Cuando llegaba la ocasión para «celebrar» el ritual del Capacocha los niños salían de viaje, de nuevo, rumbo al matadero. Estos asesinatos generalmente se realizaba al pie de los grandes cumbres, por lo que los niños eran obligados a caminar desde Cuzco durante varios días o meses, acompañados de sacerdotes y emisarios del inca. En el trayecto morían muchos (un desperdicio seguramente a ojos de esta civilización de luz y color). Los niños iban puestos hasta las orejas de hojas de coca y chicha.

Una vez en el lugar de la matanza les metían doble ración de coca y chicha para dormirlos y los más afortunados eran rematados con un golpe de garrote en la cabeza o aplastándoles el cráneo con una roca. Los niños que corrían peor suerte eran enterrados vivos adormilados por las drogas y el alcohol y despertaban sepultados… Seguramente para el maestro ciruelo Castillo estos niños despertaban bajo tierra muy contentos de morir para celebrar que el nuevo Inca había subido al trono de esta colorida civilización. Los pérfidos españoles se empeñaron en cambiar estas enriquecedoras costumbres por las que muchos caciques o aspirantes a caciques ofrecían a sus propios hijos para ganarse el favor de sus amos y ascender en el escalafón social. Una sociedad muy moral y vibrante.

Otra costumbre que tenían los incas para «resolver» conflictos consistía en matar a todos los hombres de los territorios conquistados y dividirse a sus mujeres y niños; la lista podría seguir. La realidad, mal que le pese a Castillo escondido en su sombrero de origen español, es que los españoles no llegaron en un «extraño» momento de caos sino que cientos de miles de indígenas que estaban hasta el taparrabos de soportar a los incas genocidas vieron la ocasión para desligarse de esta casta exclusivista y parasitaria y servir a un mejor –que no perfecto– señor, que además estaba lejos y ocupado con sus cosas de emperador.

En el ritual de la capacocha los niños eran narcotizados con coca y chicha (maíz fermentado) hasta quedar profundamente dormidos… y luego eran rematados con un golpe en la cabeza, asfixiados, estrangulados o enterrados vivos mientras dormían drogados.

Los incas se manejaban en un territorio donde no solo ellos eran brutales, en Huancapampa y Cascayunca por ejemplo los incas prohibieron el canibalismo, algo que los mexicas (aztecas) practicaron hasta la conquista (liberación para muchos) de Hernán Cortés, ellos mismos –los incas– también empleaban técnicas brutales. La britalidad era lo que se estilaba en esa América que el gilipollas de ala ancha de Pedro Castillo dibuja como un Jardín del Edén. Los españoles no eran boy scouts tampoco, conquistaron a sangre y fuego. Creer que 190 españoles solitos consolidaron un poder en millones de kilómetros cuadrados sin la ayuda de indígenas que estaban hastiados de los opresores incas es de imbéciles.

Castillo practica la memoria histórica marxista que consiste en convertir en un cuento chino, con buenos y malos de leyenda, una historia compleja. Perú hubiera sido descubierto por europeos tarde o temprano. Afortunadamente para Castillo, fueron los españoles los que llegaron y no los holandeses o ingleses. De haber sido estos últimos los indios en lugar de ser protegidos con leyes que les declaraban como seres humanos e iguales ante la Ley, poder casarse con españoles y ser súbditos del mismo rey, hubieran sido exterminados como en las colonias norteamericanas, considerados como alimañas desprovistas de alma.

Perú celebra este año el 200 aniversario de su independencia de España tapando el hecho de que Perú más que liberado fue invadido por los ejércitos comandados por dos blanquitos criollos, Bolivar y San Martín. Perú fue saqueado y ambos «libertadores» despojaron al gran virreinato de más de la mitad de su territorio como por ejemplo del Alto Perú (hoy correspondería a Bolivia). El Virrey José de Abascal contaba con el apoyo mayoritario de los peruanos. La independencia de los territorios americanos de España es más parecida a una guerra civil o una guerra de secesión que a una guerra de liberación. Hay que recordar que en el ejército realista, y sobre todo en las últimas batallas como la de Ayacucho, contaba con un porcentaje de indígenas y mestizos muy superior a los ejércitos criollos supuestamente libertadores (invasores para la inmensa mayoría de los cuzqueños).

Los indígenas temían que si la oligarquía criolla lograba el único vestigio de poder que aún no ostentaba, el poder político, perderían todas los derechos que la monarquía hispánica les otorgó. No se equivocaron. Las matanzas de indígenas para despojarles de sus tierras arrancan con las «independencias» de las nuevas naciones –más pobres y divididas para alegría de Inglaterra y los recién nacidos EE.UU.– Déspotas como Bolivar o San Martín eran los nuevos dictadores que Atahualpa o Moctezuma fueron en su tiempo.

Así que Castillo, maestro ciruela, puedes meterte tu sombrero español por tu culo andino y volver a la escuela pedazo de cretino. He dicho.

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La mentira tiene las patas muy cortas y poca fuerza, y por eso necesita ser protegida por los cabrones que nos gobiernan

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