miércoles, junio 16, 2021
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Pagar por usar las carreteras es un impuesto digno de tiranos como Pedro Sánchez. Pero es por el CO2…y mis cojones

El impuesto por uso de las carreteras ya está inventado, se llama impuestos a los combustibles e IVA

Pedro Sánchez ha adquirido el compromiso con la UE de empezar a gravar el uso de la red de carreteras del Estado (el Estado somos todos) para lograr pagarse la fiesta del despilfarro. La excusa es que lo hace para salvar el planeta. La respuesta que desde Freenoticias solemos darle al embustero mayor del Reino suele ser «y mis cojones»; esta vez no será distinto.

Al final os contaré una historia sobre impuestos abusivos y ridículos de otro Pedro, uno ruso (os va a gustar seguro)

Entre 2020 y 2021 revierten al Estado varias concesiones de autopistas y es ahora el Estado quien debe pagar el mantenimiento de las mismas que se calcula en 478 millones anuales. Este es el motivo principal –y casi el único– para meternos la mano en el bolsillo nuevamente. Las empresas concesionarias han estado pagando al Estado décadas en concepto de IVA, IBI, IRPF, Seguridad Social e impuesto de sociedades. La Cámara de Contratistas de la Comunidad Valenciana calcula que el Estado dejó de percibir unos 150 millones anuales cuando la autopista AP-7 se devolvió a la red estatal.

Esos 478 millones se quedarían en 30 con una sola firma: la de disolución del Ministerio de la Inutilidad de Montero y el despido de todos sus funcionarios, funcionaries y funcionarias. El mantenimiento de toda la Red de Carreteras se puede pagar si se eliminan también las subvenciones a RTVE y a los sindicatos. Y podríamos recortar aún más sin que pasara nada.

El Plan de Recuperación, Transformación y Resiliencia del Ejecutivo Central (enviado a Bruselas) dice así: «La imposición de un pago por uso permitiría garantizar la conservación de la red viaria, además de generar incentivos hacia la mayor eficiencia en este modo de transporte, lo que a su vez redunda en una minoración de las emisiones de gases de efecto invernadero»

La puta palabra resiliencia, y me da lo mismo en que jodido contexto aparezca, ya me pone los pelos de punta. Resiliencia como hemos explicado aquí es un sinónimo de «jodeos»: Resistencia NO es un sinónimo de resiliencia. Resistir significa también combatir y luchar por cambiar las cosas, mientras que la resiliencia implica un alto grado de resignación, conformidad y aceptación. Vamos que donde ponga resiliencia puedes poner «capacidad de joderte y aguantarte», que te jodas, y así te quedará mucho más claro.

Uno de los tres argumentos que el Gobierno emplea para vendernos este atraco es que hay que pagar por usar las infraestructuras. Lo que pasa es que primero, son infraestructuras que ya hemos pagado ya sea vía impuestos (carreteras del Estado), ya sea mediante peajes (carreteras concesionadas) y segundo, un 54% de lo que pagamos por cada litro de combustible son impuestos (IVA, Impuestos Especiales sobre los Hidrocarburos e Impuesto sobre Ventas Minoristas del Estado); cuanto más te desplazas más pagas al Estado, todo está ya inventado.

El impuesto por uso de las carreteras ya está inventado, se llama impuestos a los combustibles e IVA. cuanto más te mueves más pagas

El segundo argumento es todavía más peregrino, «generar incentivos hacia la mayor eficiencia en este modo de transporte«. Que los lectores me excusen pero ni lo entiendo ni lo quiero entender. Si veo la palabra «incentivos» junto a la palabra «impuesto» mi cerebro entra en bucle.

Y el tercer argumento es el más repugnante de todos, «una minoración de las emisiones de gases de efecto invernadero«. Es decir que papi Estado quiere salvar al planeta vaciándote el bolsillo para que no salgas alegremente por ahí con el coche –un artefacto que es una oficina de la Agencia Tributaria con ruedas– como si no hubiera un mañana. Los muy cachondos pretenden apelar a nuestras eco-conciencias para hacer caja. Impuesto de matriculación, impuesto de circulación, impuestos por los combustibles, pegatinas, IVA de parkings y talleres, ITV, ayuntamientos con su ORA, y ahora a pagar para ir a ver a tu madre al pueblo por emitir CO2.

La idea del malvado CO2 es una de las mayores genialidades inventadas por la carcundia progre mundial. No hay día en que no traten de instalar en el subconsciente colectivo la idea de que el dióxido de carbono es un villano que traerá el fin del mundo. Alrededor de esta idea del CO2 maligno orbita más de la mitad del discurso de la Agenda 2030 (otra idea para reducir gasto sería eliminarla) y del Gran Reinicio. Resulta que tenemos 400 partes por millón de CO2 en la atmósfera, de las que menos del 5% son por causas humanas y que eso va a hacer que el planeta se caliente y la Tierra se convierta en algo parecido a Venus. Da lo mismo comprobar que si examinamos los últimos 600 millones de años no existe una correlación directa entre la subida de los niveles de CO2 atmosféricos y el incremento de temperaturas. Da lo mismo constatar que en la Tierra hemos tenido niveles de CO2 diez veces mayores y la vida en el planeta florecía como nunca. Da lo mismo constatar que el CO2 no es un gas venenoso (el venenoso es el CO) sino que es el alimento de la vida en toda la Tierra –la fotosíntesis de las plantas, la fijación del oxígeno en las células o la respiración de los animales dependen del CO2–.

CO2 Fairytales in Global Warming
Evolución de la temperatura media del planeta y el nivel de CO2 en la atmósfera desde hace 600 millones de años basado en el estudio de ROBERT A. BERNER y ZAVARETH KOTHAVALA del Departamento d Geología y Geofísica de la Universidad de Yale.

Resulta que los Períodos Jurásico y Cretácico (hace entre 213 y 65 millones de años) la Tierra llegó a tener niveles de CO2 de 2.000 partes por millón (5 veces más que hoy) y así estaba la cosa de mal para la vida:

Juegos de Ciencias | Juego de Identifica dinosaurios | Cerebriti

El Cambio del Clima Climático… pues claro que cambia el clima; cambió, cambia y va a seguir cambiando –de eso va el clima– hasta que dentro de 3 o 4 mil millones de años el Sol se convierta en una gigante roja y la Tierra sea achicharrada o cuando la galaxia Andrómeda se nos eche encima dentro de 3.000 millones de años y tengamos un baile gravitatorio de no te menees con cientos de miles de millones de estrellas y sus influencias gravitatorias cruzándose a saco… o cuando nos golpee un bólido de 40 kilómetros de diámetro.

Spoiler 1: Estamos en un período interglaciar, es decir en medio entre la última glaciación y la siguiente.

Spoiler 2: A mediados del presente siglo XXI, en la Tierra comenzará un nuevo período glacial porque la energía proveniente del Sol, que comenzó a disminuir a partir de los años 90, alcanzará su punto de descenso máximo hacia el año 2041 y se espera que aunque durante cierto tiempo, la inercia térmica en los océanos atenuará el enfriamiento del planeta a partir de los años 2055-2060, el clima terrestre podría parecerse al de una pequeña edad de hielo.

«Calentamiento Global», ¡oh cielos! El día en que en el mes de Junio en Chiclana la gente solo hable acerca de cuándo va a pasar el camión con la sal para despejar de nieve la carretera que lleva a Cádiz; verás lo mucho que se ríen del «calentamiento».

Spoiler 3: Sin CO2 nos morimos todos. Por debajo de 300 partes por millón de CO2 en la atmósfera las plantas crecen mal y por debajo de 150 partes por millón las plantas mueren y el último que apague la luz

El Sol, que es algo que de momento no controlamos o eso creo, tiene máximos y tiene mínimos, manchas y erupciones que afectan a la Tierra mucho más que el 4% de emisiones humanas de CO2. El Sol orbita la Vía Láctea cada 225 millones de años moviéndose tanto alrededor del gran agujero negro del centro como oscilando sobre el plano. Dependiendo de por qué zona de la galaxia se mueva el Sistema Solar (uno más o menos despejado de polvo, con más o menos radiación) la temperatura se verá influida.

Pero el CO2, ese 4% humano, es el malo malísimo y armados de esa cojonuda y falaz historia los liberticidas de nuestra especie –empleando niñas desequilibradas e histriónicas como Greta Thumberg para sembrar el pánico– se sacan impuestos ridículos y confiscatorios para arreglar problemas inexistentes, aplicando soluciones inútiles, y con resultados imposibles de predecir.

Pues va a ser que os mando a todos a tomar por culo que es la marca de esta casa a la hora de tratar y dar cariño a los cretinos de la jaez de Pedro Sánchez.

El impuesto por circular por unas carreteras ya pagadas no es un impuesto verde y sostenible (otra palabra que debe poneros alerta) para salvar al mundo, es solamente un nuevo atraco fiscal para hacernos pasar por caja a pagar por los mismos conceptos las veces que les salgan de las pelotas a esta caterva de degenerados autoritarios. Sería muy de agradecer que al menos tuvieran el decoro de decir que lo hacen porque les falta dinero y porque necesitan mantener a los sindicatos, a TVE, a TV3, a los ex presidentes del Gobierno, a pagar las pensiones vitalicias de parlamentarios, sus dietas, los ministerios de atrezzo y las chochocharlas. Dennos por culo si no hay más remedio pero no usen lubricante marca «sostenibilidad resiliente ecofriendly» porque huele fatal.

Lo mismo en 50 años estamos locos por emitir CO2 –y mejor vapor de agua– para no morirnos congelados. Saludos Greta Thumberg.

Y la propina prometida sobre Rusia.

Pedro I el Grande de Rusia –otro Pedro autoritario– a su regreso de un viaje de varios años de incógnito por varios países europeos tuvo la genial idea de grabar con un impuesto las barbas de sus súbditos. Los impuestos sin otra justificación que recaudar e imponer estilos de vida «buenos» viene de lejos.

A finales del siglo XVII el zar Pedro I viajó de incógnito por varios países de Europa bajo la identidad del «sargento Pyotr Mikhaylov» con el objeto de ponerse al día en los avances sociales occidentales y muy especialmente adquirir de primera mano conocimientos (y tecnología) sobre la industria naval. Esta expedición encubierta fue denominada «Gran Embajada» y la formaban 250 personas dedicadas a darle cobertura al sargento. Pedro pudo mezclarse y pasar tiempo aprendiendo sobre Europa de primera mano. Pasó cuatro meses trabajando en un astillero de la Compañía Holandesa de las Indias Orientales y en Inglaterra amplió sus estudios de construcción naval, trabajando en el astillero de la Royal Navy en Deptford. También visitó fábricas, arsenales, escuelas y museos e incluso asistió a una sesión del Parlamento.

Cuando regresó de la Gran Embajada, Pedro I se embarcó en un ambicioso proyecto de modernización de Rusia para que pudiera competir con las superpotencias europeas.

Hasta ahí todo muy bien y muy bien jugado. Pedro quería llevar las innovaciones y el buen hacer de otras naciones a la suya para sumarlas a lo que ya se estaba haciendo en Rusia. Lo que le pasó al zar es que confundiendo la velocidad con el tocino llevó su afán por occidentalizar la Madre Rusia demasiado lejos y además haciendo caja con ello.

Entre sus reformas para occidentalizar Rusia incluyó la de prohibir las barbas para que la estética masculina se adaptara a la de los holandeses e ingleses de la época. Al poco de llegar a San Petersburgo de regreso de su gira como sargento, en una recepción en su honor en palacio, el zar sacó inesperadamente una enorme navaja de barbero y procedió a afeitar personalmente las barbas de todos incluyendo al comandante de su ejército, su segundo al mando Fyodor Romodanovsky, diplomáticos, etc.

Como la medida de obligar a todos a afeitarse era demasiado impopular –en especial entre la Iglesia Ortodoxa– al zar se le ocurrió que quien quisiera contaminar llevando barba podría hacerlo a cambio de pagar un impuesto adicional.

A los comerciantes ricos se les cobraba 100 rublos por año, mientras que para los comerciantes menos acaudalados y los habitantes de las ciudades (burgueses) el impuesto era de 60 rublos al año.

Aquellos asociados con la Corte Imperial, el ejército o el gobierno también debían pagar esos 60 rublos por año y los campesinos tan solo un kopek (el rublo se subdivide en 100 kopeks) cada vez que entraban en una ciudad portando la barba. Cámbiese campesino por turismo, comerciante por furgoneta, gran comerciante por camión y ahí lo tienes.

Al zar no le gustaban las barbas porque contaminaban la idea de Rusia que había dibujado en su cabeza. A nuestros cretinos campanudos progres actuales no les gusta la movilidad de la gente porque el movimiento — y más en vehículo propio– es una derivada de la libertad del individuo, algo que detestan. El zar necesitaba rublos para acometer sus planes grandiosos de transformación de Rusia y mantener los caprichos de la corte. Nuestros chinificantes –y chinificadores– dirigentes necesitan pasta para construir su Gran Reinicio hacia un modelo vegetariano, sostenible, feminista, inclusivo y resiliente (sobre todo muy resiliente) en el que el papel del 99% de la población será el de ser siervos de la puta gleba de la nueva aristocracia plutócrata (Big Tech, políticos cada vez más comunizadores, grandes multinacionales).

El impuesto a las barbas se podía justificar como un impuesto por contaminar ya que en el siglo XVII, y con la higiene de la época, una espesa barba podía albergar todo un ecosistema de flora y fauna. Seguramente el ministro de hacienda de la época diría que si quieres contaminar física y visualmente debes pagar por ello. Una barba por sí sola no contamina, el CO2 por sí solo no contamina (lees bien, el CO2 no es polución). Lo que sí contamina es una barba llena de piojos y motores de combustión que emiten óxido de nitrógeno, dióxido de azufre y trióxido de azufre. El proceso industrial detrás de construir un coche eléctrico contamina el doble que el de producir uno convencional. Un vehículo diésel de los años 70 emite como 100 vehículos de hoy en día, los coches de cero emisiones son los padres (es decir no existen).

Si la combustión de los motores fuese completa o perfecta, las emisiones resultantes de la misma serían exclusivamente: nitrógeno (N2), dióxido de carbono (CO2), vapor de agua (H2O) y oxígeno (O2), todos ellos gases cojonudos.

Tal vez invertir dinero en lograr combustibles con cada vez menos elementos potencialmente tóxicos e invertir en el diseño de motores de combustión más eficientes sería una idea tan buena como hacerlo en vehículos de pila de hidrógeno o eléctricos con baterías altamente tóxicas tanto en su fabricación como en su reciclado. Pero creo que Bill Gates invierte solo en lo segundo.

Tal vez en lugar de cobrar tres veces por lo mismo –viajar– a los ciudadanos sería interesante ahorrarnos pagar la orgía continua de subvenciones a sindicatos garrapáticos, presupuestos de ministerios del puto caos y televisiones espantosas y politizadas con cargo a todos.

Nuestros políticos hoy nos dicen que si produces CO2 debes ser castigado por ello. Lo que pasa es que no somos, al menos todavía, tan gilipollas como para comprar el argumento de que lucir barbas o emitir CO2 sean cosas malas, ni hoy, ni mañana, ni nunca.

Cada día más libertario, oiga.

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