jueves, diciembre 9, 2021
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Fahrenheit 451. El GAFTA te prohíbe que leas esto.

En las dictaduras comunistas “clásicas” del siglo XX los líderes comunistas solían afirmar que los ciudadanos tenían derecho a crear periódicos, pero había una trampa. Todo el papel de periódico y la tinta de impresión estaban controlados por el estado. Sin papel de periódico y tinta, era imposible crear un periódico. Las agencias estatales de planificación también controlaban la venta de rotativas o impresoras y la distribución de todas las publicaciones.

En definitiva en las dictaduras comunistas, autodenominadas repúblicas populares y democráticas, la gente tenía derecho a tener sus ideas pero solo las ideas “correctas” tenían derecho a tener un periódico o plasmarse en un libro.

Hoy nuevos déspotas, que gobiernan imperios tiránicos digitales, practican el mismo cinismo comunista. La alianza de dictaduras digitales GAFTA (Google, Amazon, Facebook, Twitter y Apple) te permiten pensar lo que quieras pero solo te prestarán su tinta, su papel y su distribución si tus ideas son correctas. Si no lo son a la hoguera que vas.

En la novela ‘Fahrenheit 451’ de Ray Bradbury, la descripción del trabajo de los bomberos es muy diferente de lo que es en nuestra sociedad. En lugar de salvar de los incendios a hogares y personas, los bomberos queman todas las casas que contienen libros.

Freenoticias ha sido tres veces enviado al rincón de pensar de la distopía de Twitterisntán. La última vez el pasado jueves. El motivo de que se nos muestren estas tarjetas amarillas puede ser el que se les antoje a los Dorsey Boys, no hay que buscarle lógica a las empresas-estado que gobiernan internet. Seguramente será por algo que jamás sabremos o que incluso ni ellos mismos saben concretar. Tal vez sea porque cuando leímos un tuit de Joe Biden donde decía algo tan genial como “es un nuevo día en América” no pudimos evitar comentar que “también es un nuevo día en China y que esperamos que el botones de Xi Jingping haga que este último se sienta orgulloso de él”; tal vez sea por sostener repetidas veces que a nuestro entender hubo fraude electoral; tal vez sea por llamar dictador a Pedro Sánchez. Algo habremos hecho para ser más malos que un ayatollah cuelga-maricas homófobo y antisemita que campea por los predios del estornino azul. Por mi culpa, por mi culpa, por mi grandísima culpa…¡¡Y mis cojones!!

nota (27 agosto 2021): La cuenta de @FreenoticiasC fue elimina permanentemente de Twitterstán ya hace meses

Decía el almirante Blas de Lezo, el mejor marino que han visto los tiempos, que “todo buen español debería mear siempre mirando a Inglaterra.” Yo suscribo en parte la frase y la adapto para decir “Todo el que respete y defienda la libertad debería mear siempre mirando a Silicon Valley.” Hasta que se ahoguen en un río de orina.

Viajemos de la realidad a la ficción novelada. El 19 de octubre de 1953 se publicó la GENIAL novela de Ray Bradbury ‘Fahrenheit 451’. El protagonista de la novela de Bradbury, Montag, es un bombero en un mundo en el que todos “saben” que el propósito del cuerpo de bomberos, desde su fundación, es la quema de libros. En marzo del mismo año en que se publicó Fahrenheit 451 (la temperatura a la que arde el papel, 232º centígrados) murió un insigne Jefe de Bomberos llamado Iosef Stalin.

Cuando Montag, el protagonista que trabaja como bombero en la comunidad, conoce a su vecina, Clarisse, instantáneamente se da cuenta de lo diferente que es ella de otras personas en su comunidad. Ella lo mira a los ojos y lo escucha. La primera vez que se encuentran, Clarisse le pregunta: “¿Es cierto que hace mucho tiempo los bomberos apagaban incendios en lugar de prenderlos?” Montag se ríe de la extraña pregunta. ¡Todo el mundo sabe que las casas siempre han sido ignífugas! ”Extraño. Una vez escuché que hace mucho tiempo las casas se quemaban por accidente y necesitaban bomberos para detener las llamas ”, dice Clarisse. Montag disfruta charlando con Clarisse, aunque piensa que es rara, y espera verla cada noche de camino a casa desde el trabajo. Hasta conocer a Clarisse, Montag nunca había considerado realmente el propósito de su trabajo. Para él que los bomberos quemaran libros era algo tan lógico como la Ley de la Gravedad. Era un servicio público muy necesario.

Montag no puede evitar hacerle a su jefe, Beatty, la misma pregunta: “¿Cómo? ¿Siempre fue así?”. La estación de bomberos, ¿nuestro trabajo? Antes de que las casas fueran completamente ignífugas. . . ¿No evitaban los bomberos los incendios en lugar de avivarlos y propagarlos? Los compañeros de Montag se ríen de él como Montag se había reído de Clarisse. Sacan sus manuales y le muestran a Montag la historia de los bomberos en Estados Unidos, que dice: “Establecido, 1790, para quemar libros de influencia inglesa en las colonias”. Primer bombero: Benjamin Franklin ”.

Después de quemar a una anciana con sus libros, Montag no se presenta a trabajar la noche siguiente. Beatty le explica que los libros son más controvertidos que la televisión porque los personajes televisivos no son tan realistas. Cuando hay personajes realistas, como en los libros, existe la oportunidad de ofender a alguien. Las revistas, los cómics y los textos especializados son menos ofensivos que los libros, por lo que estas publicaciones sí se permiten.

Homo Correctensis es el primer libro de Freenoticias. No apto para mentes perezosas

Beatty le cuenta que “(a los bomberos) se les dio un nuevo trabajo, como custodios de nuestra tranquilidad, el foco de nuestro comprensible y legítimo horror a ser inferiores; censores, oficiales, jueces y ejecutores”

Beatty prosigue “A la gente de color no le gusta Little Black Sambo. Quémalo. Los blancos no se sienten bien con la cabaña del tío Tom. Quémalo. ¿Alguien ha escrito un libro sobre el tabaco y el cáncer de pulmón? ¿La gente de los cigarrillos está llorando? Quema el libro.”

“Si no quieres que se construya una casa, esconde los clavos y la madera. Si no quieres que un hombre sea infeliz políticamente, no le des dos puntos de vista sobre un asunto para preocuparle; dale uno. Mejor aún, no le des ninguno.”

“¿Ves ahora por qué se odian y se temen los libros? Muestran los poros frente a la vida. La gente cómoda solo quiere caras de cera, sin poros, sin pelo, sin expresión.”

En 1953, hace 67 años, ¿lo clavó o no Ray?

¡Apártate Nostradamus que viene Bradbury! Cambia libros por ideas o tuits e imagina que Twitter, Facebook, Google y demás miembros de la infernal alianza de ciber-represores son los nombres dados a los parques de bomberos. Bradbury no solo escribió una novela sobre un mundo distópico, Fahrenheit 451 es también un vaticinio novelado.

El quemar y el rascar todo es empezar y para quemar la excusa es proteger los sentimientos.

¡Que les follen a los sentimientos de quienes con 30, 40, 50 o 60 años se ofenden por leer puntos de vista distintos! Quien tenga la piel tan fina como para que cualquier desafío a sus cuatro ideas mal fundamentadas le escueza debería limitarse a ver programa de humor como los informativos de La Sexta o de la CNN.

No me cansaré de repetir que nadie tiene derecho a no ser ofendido porque algo arbitrario y subjetivo como el sentimiento de ofensa no puede ser motivo para imponer a nadie censura alguna. Los que se ofenden por que alguien dibuje a un presunto profeta, los que se ofenden porque les llamen mujeres por haber nacido con vagina aunque digan ser hombres, los que se ofenden por leer u oír que todas las vidas importan porque dicen que sostener algo tan obvio es en realidad una forma de racismo, que maduren de una puta vez. En nombre de todos estos copitos de nieve sus autoproclamados “papis chulos” de Silicon Valley nos joden a los adultos nuestro derecho a vivir en un mundo de personas racionales obligándonos a regirnos por las normas de sus granjas-guardería. En nombre de tontos útiles, de imbéciles sin entereza emocional, somos arrastrados hacia un mundo de borregos los que nos esforzamos por venir llorados de casa.

No a la dictadura de las emociones. Las ideas no tienen derechos.

La cultura dominante ha puesto el foco en crear y exacerbar en el individuo un sentimiento de “víctima”, alejándole de la responsabilidad personal, y esto no es algo improvisado. Si le dices a la gente que determinadas circunstancias (ser mujer, negro, transexual o musulmán, etc.) les convierte en víctimas necesitadas de “protección” estás creando tres problemas:

  • El primero es que aquellos a los que administras el sacramento del victimismo (que imprime carácter) y a los que dices que todos sus males derivan de su innata y perenne condición de víctima, lo tienen muy fácil para justificar cualquier fracaso, error, o incluso delito como consecuencia de su condición de damnificado de nacimiento. Si no me dan un empleo como locutor de radio en Budapest, quizá debería plantearme que el no hablar magiar sea la causa principal, en lugar de achacarlo a que me odian por ser del Betis, negro, mujer o excesivamente delgado.
  • El segundo problema es que los presuntos victimarios estamos al albur de los sentimientos de humanos cada vez más infantilizados y prestos a recibir como ofensas cualquier idiotez. Cuantas más cosas se añadan a la lista de ofensas menos capacidad de articular un discurso libre. En este sentido, al compartimentar la sociedad en casi infinitos subconjuntos, cada uno cargado de tabúes y prohibiciones de cara al resto, estamos convirtiendo cualquier espacio de debate en un campo minado de bombas lapa. Si eres hombre y le dices algo a una mujer es un micromachismo llamado mansplaining, si le llevas la contraria en un tema cualquiera (por ejemplo medioambiente) a un transexual, le basta con apretar el botón de la transfobia y boom.
  • El tercer problema, el principal con mucho, es que toda esta red de sentimientos y ofendiditis a flor de piel es la excusa perfecta para que los bomberos digitales puedan quemar libros, películas, artículos (presentes, pasados y futuros) y lo que quieran, hasta el infinito, escudándose en que lo hacen para proteger, cuidar, mimar y tener tranquilos a sus infantiloides siervos de pañal y biberón. Siempre habrá un idiota dispuesto a ofenderse por algo y si no lo hay lo fabrican, inventándose un género nuevo por ejemplo.

Otra excusa para justificar la censura comunista de los GAFTA y sus satélites es que determinados discursos generan odio e inducen a la violencia y por supuesto ellos son los que determinan qué puede inducir a cometer actos violentos. Yo odio el concurso de cocina ese del ¡sí chef!, confieso que detesto a dos de sus presentadores y no importa lo que lea sobre ellos ni lo que me cargue escucharles decir que si el plato está rico pero el emplatado no evoluciona; puedo asegurar que jamás iré al plató de Masterchef a cometer un cocinericidio. Si un día alguien le atiza en el cogote con una barra de pan duro a Jordi Cruz, que no diga que fue porque ese imbécil violento leyó este artículo y que por tanto yo soy responsable de cómo interprete la realidad un gilipollas.

Reprimir el discurso que no te gusta aduciendo que si tal cosa ofende, que si induce a la violencia, que si el artículo 324 sección segunda bis de manual del buen censor así lo dice, incita más a la violencia que dejar a la gente expresar sus ideas sin miedo al Gran Papi Chulo de turno. Esta piara de dictadores que queman los libros y tratan de matar las ideas al estilo de los bomberos de Fahrenheit 451, son quienes con su indecente censura por compasión más podrían incitar al odio y la violencia. Por cierto el odio no se prohíbe ni se aprueba, el odio, como el amor y la sed, sencillamente existe.

Cuando las personas no son responsables de cuidarse a sí mismas, es mucho más fácil para los estados y las mulitinacionales gobernar y proponer limitar nuestras libertades para protegernos de los “elementos peligrosos” dentro de la sociedad. El problema es que nuestra verdadera salvación solo será posible cuando cada uno de nosotros avance hacia la responsabilidad propia y busque la soberanía personal.

Toda esta censura por compasión es solo el principio de un mundo que avanza hacia la purga de los elementos incómodos. El New York Times y el Washington Post, abanderados del progretarismo USA, publican artículos de opinión en los que hablan de que la libertad de expresión es abiertamente mala, la revista Forbes amenaza sin disimulo a quien tenga la idea de contratar a alguien que haya apoyado a Trump

Que el mundo de los negocios lo sepa: contrate a cualquiera de los compañeros fabulistas de Trump mencionados anteriormente, y Forbes asumirá que todo lo que su empresa o firma dice es una mentira. Vamos a escudriñar, verificar, investigar con el mismo escepticismo con el que nos acercaríamos a un tuit de Trump. ¿Quiere asegurarse de que la marca de prensa de negocios más grande del mundo le vea como un posible embudo de desinformación? Entonces contrátalos

Randall Lane Forbes

Congresistas como Alexandria Ocasio Cortez o editores como Eugene Robinson (Washington Post) o Nick Kristof (New York Times) hablan sin tapujos de controlar los medios de comunicación, de deprogramar a los seguidores de Trump, de que los anunciantes eviten medios o de que los proveedores de cable corten la señal de Fox News.

«Tendremos que averiguar cómo controlamos nuestro entorno de medios para que no se pueda simplemente arrojar desinformación»

Alexandria Ocasio Cortez, congresista de EEUU

«Hay millones de estadounidenses, casi todos blancos, casi todos republicanos, que de alguna manera necesitan ser desprogramados…Es como si fueran miembros de un culto, el culto trumpista»

Eugene Robinson, Washington Post

Tienen los derechos de la Primera Enmienda (libertad de expresión), pero no el derecho a la publicidad ni a las plataformas privadas. Así que me gustaría ver presión sobre los anunciantes para que se retiren de Fox News siempre que funcione como una madrasa extremista, y se debería preguntar a los proveedores de cable por qué distribuyen canales que venden mentiras.

Nick Kristof (New York Times)

El caso de Nick Kristof es digno de análisis. Kristof es un periodista a sueldo de una cabecera como el New York Times, un medio especializado en ocultar noticias, manipular información y publicar mentiras que pide abiertamente la censura y el boicot para unos colegas suyos porque según él mienten. Este Nick, invitado del régimen de Corea del Norte en 2017, es un cabronazo en línea con el discurso de los gerifaltes comunistas de antaño “tienen derecho a la libertad de expresión pero…”

Estamos asistiendo a castigos ejemplarizantes en la plaza pública en la figura de Donald Trump y de quienes se han opuesto a los designios de las elites dictatoriales piadosas. Mientras se señala como apestados indignos de ser contratados a los que han apoyado la lucha de Trump por auditar unas elecciones que han sido claramente fraudulentas, a Trump le cierran las cuentas bancarias (Deutsche Bank, Signature Bank, Bank United y Professional Bank).

Si a Fox News, un medio amilanado y trufado de iluminados de la secta de la corrección absolutista (como Chris Wallace) le cortan la señal entonces la veda está abierta para cortarnos a todos las alas.

Bancos que cierran cuentas, aseguradoras que rescinden seguros de vida (lo han hecho con una estrella del baseball jubilada (Curt Schilling), amenazas a empresas que contraten disidentes del régimen, periodistas que piden a anunciantes que cancelen contratos a la competencia, congresistas que quieren que el gobierno controle los medios de comunicación, ataques coordinados a los medios alternativos que no comulgan con el pensamiento único, empresarios amenazados de muerte que huyen del país. Irá a más porque estamos en manos de gente que está por la labor de resetear el mundo a base de arrojar a la hoguera todo lo que no les guste.

Una última cita de la novela de Ray Bradbury sería el grito de guerra perfecto de esta gentuza:

“Quemémoslo todo, absolutamente todo. El fuego es brillante y limpio. Destrucción, confort, renacimiento”

Fahrenheit 451

¿A qué suena todo esto?

¡ #Insurreccion pacífica, ya!

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Homo Correctensis. El primer libro de Freenoticias

Un libro que desintegra, fulmina y aplasta todos los iconos y los dogmas de la fe correctensis, empleando cosas absolutamente fachas como el sarcasmo, el humor y los datos. No hay misericordia ni respeto en las páginas de Homo Correctensis, sino un análisis brutalmente directo y sin concesiones, repleto de argumentos, información contrastada y un humor desinfectante.

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