jueves, diciembre 9, 2021
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Juan Carlos y Alfonso, dos reyes caprichosos y falderos y su relación con el PSOE (primera parte)

Antes de entrar en harina me haré en público una pregunta que interesadamente muchos quieren plantear como fundamental estos días para tapar sus vergüenzas: ¿Monarquía o República? Mi respuesta es España. Me da lo mismo quién sea el Jefe del Estado porque la Nación española está muy por encima de la organización del estado y de quien personifique la jefatura del mismo. Si tuviera que decantarme por algo quizá no sería ni por una república ni por una monarquía. Mi respuesta precisaría de una extensa explicación y seguramente escriba un artículo al respecto.

Tener en España una república como la francesa, la alemana o la estadounidense no sería una tragedia. Volver a tener una república como la II República española sería regresar al infierno. Desgraciadamente la Segunda República es la república de referencia a la que ansían regresar los más fervorosos republicanos y es un ejemplo de régimen fracasado. Un régimen que nació sin legitimación en las urnas, que se rigió por una constitución no aprobada en referéndum y en el que no había libertad de prensa.

Los abogados de la opción republicana en España, por lo general, ponen más el acento en el tipo de régimen que en la nación porque tienen interiorizada la idea de que república es sinónimo de no-España. Por el contrario muchos de los que apoyamos tácita y tácticamente la monarquía, aún con poco entusiasmo, lo hacemos precisamente porque con la monarquía percibimos que la nación precede y está por encima del tipo de estado. ¿Pruebas? Todos los partidos separatistas apoyan la opción republicana para España, y no es precisamente por su amor a esta. Más pruebas, las cohortes y mareas podemosas son tan ferozmente republicanas como alérgicas a la idea de España como nación; su caudillo incluso reconoce que se le atraganta la propia palabra España.

España es más importante que cualquier dinastía y que cualquier república; nuestro patrimonio es la nación como garante de nuestras libertades individuales y nuestra forma de vida y civilización, no sus Jefes de Estado.

Dicho lo cual quizá no sería descabellado acometer un cambio dinástico a la vista de cómo la familia Borbón ha llevado a cabo su trabajo desde hace tres siglos. Quizá una dinastía López tras lo malos que nos salen casi todos los borbones Entramos en el asunto.

El rey emérito, el campechano, es un Borbón de libro. Juan Carlos es un faldero, un maniobrero y un presuntuoso que mangonea a los que cree suyos (la derecha) y es manso y dócil con los que teme porque sabe que no los tiene en el bote (la izquierda). El verbo que define esto es borbonear. Un Borbón bueno es una casualidad, una lotería cual fue el caso de Carlos III. Desde 1788 todos los borbones han salido entre pésimos y malos: Carlos IV, Fernando VII, Isabel II, Alfonso XII, Alfonso XIII y Juan Carlos I han sido a mi entender monarcas nefastos y Felipe VI es un melón aún por catar al que podríamos conceder el beneficio de la duda, aunque lo habitual es que las dinastías no mejoren con el transcuro de los años mas bien al contrario.

El abuelo de Juan Carlos, Alfonso XIII (el Africano) se dedicó a jugar a la guerra en África jaleado por sus palmeros (como el general Manuel Fernández Silvestre) sin tener ni de lejos dotes de estratega ni experiencia. A Alfonso le gustaba dirigir ejércitos, era una afición un entrenamiento de salón, y saltarse la cadena de mando rodeándose de oficiales tan pelotilleros y cortesanos como inútiles en lo suyo. Cuando no se entretenía dirigiendo a nuestros soldados a la muerte lo hacía con sus innumerables amantes o viajando de incógnito de fiesta por las capitales de Europa. Alfonso XIII demostró una absoluta incapacidad para liderar una guerra que no le correspondía dirigir, y dio abundantes pruebas de no saber estar en su sitio como monarca parlamentario. Su disipada vida y nefasto reinado nos costó más de 20 mil vidas en el Norte de Africa en pocos meses, nos costó una república caótica que devino en un régimen bolchevique y una sangrienta Guerra Civil. De todo esto escapó como un conejo para no volver jamás. Pero para seducir mujeres era un fuera de serie… aunque con corona bien se folla.

Tras el desastre de Annual (julio-agosto 1921) y la dimisión en bloque del gobierno de Allendesalazar se le encargó al general malagueño Juan Picasso (tío segundo de Pablo Picasso) llevar a cabo una investigación sobre las causas de la derrota. Picasso se entrevistó con numerosos jefes y oficiales y también con tropa. Cuando solicitó los planes de operaciones el general Berenguer, a instancias de Alfonso XIII, se los denegó aduciendo secreto de Estado y que las pesquisas de Picasso debían ceñirse a los jefes, oficiales y tropa en el campo de batalla y no al alto mando.

El rey emérito, el campechano, es un Borbón de libro. Juan Carlos es un faldero, un maniobrero y un presuntuoso que mangonea a los que cree suyos (la derecha) y es manso y dócil con los que teme porque sabe que no los tiene en el bote (la izquierda). El verbo que define esto es borbonear. Un Borbón bueno es una casualidad, una lotería cual fue el caso de Carlos III. Desde 1788 todos los borbones han salido entre pésimos y malos

Berenguer estaba claramente guardando sus espaldas y las de Alfonso XIII mientras se quemaban gobiernos como cerillas; entre julio de 1921 y septiembre de 1923 se sucedieron 4 gobiernos en España…Dos semanas antes de que el asunto de Annual, con los cerca de 3000 folios del informe Picasso como guión, fuera tratado en un pleno extraordinario de las Cortes, el capitán general de Cataluña, Miguel Primo de Rivera da un golpe de Estado con el apoyo del monarca quien escaba así del escrutinio de su ineptitud de consecuencias criminales

La dictadura de Primo de Rivera, que puso fin a la guerra en el Rif con el desembarco de Alhucemas en 1925, mantuvo a Alfonso apartado de su faceta de napoleoncito y más centrado en su labor faldera. Miguel Primo de Rivera mantuvo a Alfonso XIII 7 años más en el trono hasta que el rey aceptó su dimisión para poner al cortesano general Dámaso Berenguer al frente del gobierno. Primo de Rivera pasó de monárquico a opinar esto sobre Su Majestad:

  • “Un rey sin cretinismo, ni falacias, sin el mercantilismo hasta el grado más plebeyo, en el que ha caído Don Alfonso XIII habría satisfecho los sentimientos monárquicos de gran parte del pueblo español. Con este Rey no pudieron los antiguos políticos ni podrían los futuros, si yo no completo mi obra despejando de este eterno obstáculo la vida pública española”

Falaz, cretino, pesetero y obstáculo, y eso lo decía uno que le salvó el borbónico trasero. Bastaron unas elecciones municipales para proclamar la república, aún cuando los partidos monárquicos tuvieron más concejales. Ni los más monárquicos estaban por la labor de arriesgarse para salvar el trono a semejante sujeto.

Es interesante constatar que el PSOE fue el único partido ya existente permitido durante la dictadura de Primo de Rivera y la UGT el único sindicato, siendo Largo Caballero Consejero de Estado del régimen.

Dámaso Berenguer y Alfonso Armada
Dámaso Berenguer y Alfonso Armada.l

Pareciera como si hubiera un hilo invisible que conectara 1923 y 1930 con 1981. Tres golpes de Estado donde curiosamente el Jefe del Estado permanece en el trono. En el caso de 1930 y 1981 la idea era poner de Presidente del Gobierno a un buen amigo y confidente del Rey, librándose con éxito el primero de estos golpes y siendo un fracaso, reconvertido en heroicidad juancarlista, el segundo debido a que al teniente coronel Tejero nadie le había dicho que habría comunistas en el ajo. Tal vez un error de comunicación o tal vez un golpe doble para que asomaran la cabeza los militares más pringados y así neutralizarles y de paso deshacerse del incómodo Suárez.

España es más importante que cualquier dinastía y que cualquier república; nuestro patrimonio es la nación como garante de nuestras libertades individuales y nuestra forma de vida y civilización, no sus Jefes de Estado.

La idea era apartar a Adolfo Suárez, a quien el rey detestaba vehementemente, para colocar a Alfonso Armada al frente de un gabinete multicolor donde el PSOE, las familias de UCD, AP y hasta el PCE se repartirían el gobierno. Alfonso Armada estuvo discutiendo con el bigotudo Tejero, el tonto útil pagafantas junto con Milans del Bosch, tratándo de convencerle de que Carrillo también y el guardia civil que ni de coña. Alfonso Armada murió en 2013 sin decir ni media sobre el asunto, solo pasó 7 años en prisión. Armada se quedó a la puertas de emular la “gesta” de Berenguer, Suárez fue apartado y Calvo Sotelo le calentó el asiento a un Felipe González que se quedó 14 años en Moncloa y que fue tratado con mucho más respeto (y miedo) por el rey. Juan Carlos borboneó surfeando el golpe de Estado con el sketch televisivo del pijama por debajo de la guerrera de Capitán General que le ganó un buen puñado de juancarlistas y le permitió seguir a lo suyo…

Dicen que Armada albergaba ambiciones más allá de la causa del Rey y que calentaba la cabeza a Juan Carlos con historias sobre ruido de sables, otros piensan que Juan Carlos deseaba un gobierno con socialistas como prueba de fuego para asentarse en el trono, yo creo que hay un poco de las dos cosas. El caso es que el rey Juan Carlos ordenó al entonces ministro de Defensa, Agustín Rodríguez Sahagún, nombrar a Alfonso Armada segundo jefe del Estado Mayor del Ejército…11 días antes del golpe de Estado y sin la aprobación preceptivs del ninguneado Suárez que montó en cólera. Sahagún era un cortesano de la talla de Luis María Ansón (categoría platino). Jamás Juan Carlos hubiera siquiera intentando algo así con Felipe González.

Alfonso y Juan Carlos han sabido ser reyes mandones con los que suponían afectos (derecha, cortesanos) y reyes comadreja sumisos cuando se las han tenido que ver con aquellos que no comen en su mano. Fernando VII salió por patas nada más ver llegar a las tropas napoleónicas y más tarde importó 100.000 soldados extranjeros para acabar con los que habían luchado por traerle de vuelta y se habían atrevido a promulgar una constitución que le recortaba sus poderes absolutistas. Son cosas de familia.

Fin de la primera parte.

Segunda parte

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